martes, 7 de julio de 2009

Nasrudin

Los granjeros que se les daban bien los números

De entre todos los pueblos que el Mullah Nasrudin visitó en sus viajes, había uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Encontró alojamiento en la casa de un granjero. Y a la mañana siguiente se dio cuenta que el poblado no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas de agua vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las llevaban de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.
—¿No sería mejor si tuvieran agua en el pueblo?, preguntó Nasrudin al granjero de la casa en la que se alojaba.
—¡Por supuesto que sería mucho mejor!, dijo el granjero. El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chicuelo que lleva el burro. Bien, eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas las horas del burro como las horas del chico. Bien, pero si, burro y chico estuvieran trabajando en el campo, todo ese tiempo, podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año.
—Veo que lo tienes todo bien calculado, dijo Nasrudin admirado. ¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua al río?
—¡Eso no es tan simple!, dijo el granjero. En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Y si pusiera, burro y chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Al menos me quedan otros treinta años más de vida, así que me es más barato enviarles por el agua.
—Sí, ¿pero es que serías tú el único responsable de construir un canal? Son muchas familias en el pueblo.
—Cierto, dijo el granjero. Hay un total de cien familias en el pueblo.
Y si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado en un año.
—Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?
—Mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con algún vecino, tendría que invitarle a casa, ofrecerle té y halva, hablar del tiempo y de la nueva cosecha, después de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Luego, darle de comer y después darle otro té. Y, mi vecino tiene que preguntarme, entonces, sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Bien, eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que sería imposible estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos.
Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos. Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían más que felices de hacer llegar el agua al poblado, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te digo, que cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar.
—Pero entonces, en cuatro años estarías preparados para comenzar el trabajo. ¡Y al año siguiente el canal estaría construido! Dijo Nasrudin.
—Hay otro problema, dijo el granjero. Estarás de acuerdo que, una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá ir por agua, tanto como si ha o no contribuido con su parte de trabajo correspondiente.
—Lo entiendo, dijo Nasrudin. Incluso si quisieras, no podrías vigilar todo el canal.
—Pues no, dijo el granjero. Cualquier caradura que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin coste alguno.
—Tengo que admitir que tienes razón, dijo Nasrudin.
—Así que, como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, el chico de alguien tendrá tos o que la mujer de alguien estará enferma, que el niño y el burro tendrán que ir a buscar al médico. Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrirnos el bulto. Como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo comprometido, ninguno mandará su burro y chico a trabajar. Así, la construcción del canal ni siquiera se empezará.
—Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes, dijo Nasrudin, que se quedó pensativo un rato, pero de repente exclamó:
—Ah, conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tiene el mismo problema que ustedes. Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años.
—Efectivamente, dijo el granjero, pero a ellos no se les dan bien los números.

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