domingo, 5 de julio de 2009

Nasrudin

El huevo

Cierta mañana Nasrudín envolvió un huevo en un pañuelo, se fue al centro de la plaza de su ciudad y llamó a los que transitaban por allí.
—¡Hoy tendremos un importante concurso!, dijo. ¡Quien descubra lo que está envuelto en este pañuelo, recibirá de regalo, el huevo que está dentro! Las personas se miraron, intrigadas, y le respondieron:
—¿Cómo podemos saberlo? ¡Ninguno de nosotros es adivino!
Nasrudín insistió:
—Lo que está cubierto por el pañuelo tiene un centro que es amarillo como una yema, rodeado de un líquido del color de la albúmina, que a su vez está contenido dentro de una cáscara que se rompe muy fácil. Es un símbolo de fertilidad que nos recuerda a los pájaros que vuelan hacia sus nidos. Entonces, ¿quién puede puntualizar lo que está bien escondido?
Todos los vecinos creían que Nasrudín tenía en sus manos un huevo, pero la respuesta era tan obvia que nadie anhelaba pasar vergüenza delante de los otros. ¿Además, y si no fuese un huevo, sino algo muy importante, producto de la fértil imaginación mística de los sufíes?
Un centro amarillo podría significar algo del sol, el líquido alrededor tal vez fuese algún preparado de alquimia. Tal vez, aquel loco estaba deseando que alguien hiciera el ridículo. Nasrudín preguntó dos veces más, pero nadie se arriesgó a decir algo impropio. Entonces, deslizó
el pañuelo y mostró a todos el huevo.
—Todos vosotros sabíais la respuesta, afirmó, y nadie osó traducirla en palabras.

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