jueves, 27 de agosto de 2009

El huerto y la regla de oro



Nasrudín, se encontraba cierta mañana en el huerto, contemplativo.
Descansaba recostado a la sombra de un nogal que crecía junto a su pozo, y embelesado por el olor del nardo y la hierbabuena.
"Es curioso, se dijo meditabundo, aquellas enormes calabazas salen de un tallo endeble y delgado y sin embargo las nueces siendo tan pequeñas y livianas, han de crecer sobre un tronco grueso y robusto".
En aquel momento, una nuez madura vino a estrellarse desde la cima del árbol con estrépito sobre la calva del Mullah. Dolorido, éste se levantó de un brinco y con grandes aspavientos gritaba hacia el cielo:
-Perdón, perdóname Dios mío. ¡No volveré más a entrometerme en tus asuntos!

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