viernes, 28 de agosto de 2009

Insignificancias

Nasrudín charlaba con algunos amigos. Uno de ellos, de repente, le preguntó por su mujer.
—¡Ah, mi mujer! Se ha quedado en casa.
—¿A qué se dedica?, preguntó el otro.
El Mullah Nasrudín se encogió de hombros, y mirando sus manos, dijo:
—Insignificancias, cosas sin importancia, sin trascendencia alguna. Se encarga de llevar a cabo las tareas del hogar, cuida de nuestros hijos, y los ayuda a estudiar, va al mercado, hace reparaciones cuando son imprescindibles, como pintar la casa y arreglar lo que se rompe. Saca agua del pozo y riega la huerta, también atiende a su madre enferma y se hace cargo de la mía. A veces visita a su hermana, y le ayuda con los niños. Cosas así, pequeñas cosas sin trascendencia.
—¿Y tú que haces?, le preguntó otro de los reunidos.
—¡Ah amigos, yo soy verdaderamente importante, claro! Yo soy el que investiga si Dios existe.

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