viernes, 28 de agosto de 2009

Discípulo frustrado

Casi nadie podía comprender a Nasrudín, pues unas veces convertía sus derrotas en victorias, y otras veces las cosas parecían frustrarse
a causa de su torpeza. Pero se murmuraba que vivía en un mundo diferente al de los demás.
Un día un joven decidió observarlo para averiguar de qué modo se las arreglaba para sobrevivir, y si había algo que pudiera aprender de él.
Y siguió a Nasrudín hasta la orilla del río, y lo vió sentarse debajo un árbol. De repente, el Mullah extendió su mano y sobre ella apareció un pastel que se comió. Esto, lo repitió tres veces. De pronto, extendió su mano una vez más y apareció una copa, de la cual bebió un buen trago.
El muchacho sin poder contenerse, corrió hasta Nasrudín y lo sacudió:
—Dígame como hace esas maravillas y haré lo que usted me pida.
—Bien, pero antes debes alcanzar el estado espiritual apropiado. Verás que el tiempo y el espacio nada significan y lograrás que el chambelán del sultán te dé postres. Hay una sola condición.
—¡La acepto!, exclamó el joven.
—Deberás seguir mi senda.
—Hábleme de ella.
—Sólo puedo decirte una cosa por vez. Sé atento y no te confundas:
¿Quieres el ejercicio fácil o el difícil?
—¡Tomaré el difícil!
—Este es tu primer error. Debes comenzar con el fácil. Pero ahora ya has elegido. El difícil es éste: Haz en tu cerca un agujero lo bastante grande como para que tus pollos puedan pasar a comer al jardín de tu vecino. Pero, también deberá ser apropiadamente pequeño como para que los pollos de tu vecino no puedan entrar a alimentarse en el tuyo.
El joven nunca logró desentrañar este dilema y, por lo tanto, nunca pudo convertirse en discípulo de Nasrudín. Pero cuando hablaba de la tarea que le había encomendado el Mullah, los oyentes pensaban que el joven estaba loco.
—Este es un buen comienzo; algún día encontrarás un maestro, dijo Nasrudín.

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