jueves, 3 de diciembre de 2009

Nasrudin

El Almendrado

Al pasar por delante de una confitería, el Mullah sintió unas grandes ganas de comer almendrados. Aunque no tenía ni un centavo en el bolsillo, entró y se puso a comer. Al cabo de un rato, el encargado le presentó la cuenta, pero Nasrudin no le prestó la menor atención.
El confitero blandió entonces un garrote y se puso a darle una buena tunda de palos. Pero, mientras recibía los golpes Nasrudin no paraba de acercarse para seguir comiendo.
—¡Que estupenda ciudad!, sonreía, ¡y qué habitantes tan amigables! ¡Le obligan a uno a comer almendrados a bastonazo limpio!


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