lunes, 3 de mayo de 2010

Nasrudin


El filósofo


Cierta vez, un renombrado filósofo y moralista recaló en la aldea del Mullah. Preguntó a Nasrudin dónde había un buen lugar para comer, y sugerido el lugar, le invitó a almorzar con él.
Muy agradecido, Nasrudin aceptó y acompañó al gentil estudioso al cercano restaurante.
Preguntado el camarero por el plato del día, éste respondió: Pescado, ¡pescado fresco!.
Traiganos dos se le dijo. Unos minutos más tarde, el mesero trajo un plato grande con dos pescados, uno de los cuales era más pequeño que el otro.
Sin dudarlo, Nasrudin se sirvió el mayor de los pescados.
El erudito miraba incrédulo, y luego procedió a decirle que lo que hizo fue no sólo descaradamente egoísta, sino que violaba los principios de casi todos los sistemas morales conocidas, religiosos y éticos.
Nasrudin escuchó con calma la improvisada conferencia del filósofo y al término de ella, dijo:
—Bueno, señor, ¿qué habrías hecho tú?
—Yo, siendo un ser humano de conciencia, habría tomado el pez más pequeño para mí.
—Bien, aquí está, dijo el Mullah, y colocó el pequeño pez en el plato del erudito.

Un turista en Medina


Nasrudin decide ir en peregrinación a La Meca, y en el camino pasa por Medina. Caminando por la principal mezquita del lugar, atiborrada de gente, un turista busca aproximarse a él.
—Disculpe señor, le dice el turista al Mullah, usted parece ser nativo de estos tan bellos lugares y pienso, de seguro, los mismos le son ya familiares. ¿Puede decirme algo sobre la mezquita? Se ve antigua e importante y yo desgraciadamente he perdido mi guía.
Nasrudin, era demasiado orgulloso para admitir que él tampoco tenía idea del tema, así que comenzó a explayarse de forma entusiasta.
—Lo que estamos disfrutando es de hecho una muy antigua y especial mezquita. Un hecho importante, es que fue construída por Alejandro Magno para conmemorar la conquista de Arabia.
El turista estaba impresionado, pero ya una mirada de duda cruzaba su rostro.
—Pero, ¿cómo puede ser? Estoy seguro de que Alejandro era griego o algo cercano, pero no un musulmán. ¿No es así?.
—Puedo ver señor, que usted sabe algo de estas cuestiones, contestó Nasrudin con disgusto y prosiguió. De hecho, Alejandro, quedó tan impresionado por su buena fortuna en la guerra, que se convirtió al Islam con el fin de mostrar su gratitud a Dios.
—Oh, ¡wow!, soltó el turista; luego hizo una breve pausa y dubitativo arguyó: Pero... pero seguramente no había tal cosa como el Islam en tiempos de Alejandro.
—Un excelente punto. Es verdaderamente gratificante encontrar a un visitante que entiende nuestra historia tan bien, respondió Nasrudin. Alejandro, abrumado por la generosidad que Dios le dispensaba, tan pronto la lucha finalizó, se dedicó por completo a dar forma a una nueva religión, convirtiéndose en el fundador del Islam.
El turista miró a la mezquita con un nuevo respeto, pero antes que Nasrudin, sigilosamente, intentara desaparecer en la multitud que pasaba, le transfiere otra duda.
—Pero, ¿no fue Mahoma el fundador del Islam? Tal cual, eso lo decía un libro, por lo tanto, se infiere que no fue Alejandro.
—Usted es un estudioso, con cierta cultura, dijo Nasrudin. Yo estaba llegando a eso. Alejandro sintió que podía legítimamente dedicarse a su nueva vida como profeta con sólo adoptar una nueva identidad. Por lo tanto, renunció a su nombre anterior y para el resto de su vida se hizo llamar Mahoma.
—¿De verdad? pregunta el turista, Eso es verdaderamente asombroso. Pero, pero yo creía que Alejandro Magno había vivido mucho tiempo antes que Mahoma? ¿No es eso cierto?
—¡Ciertamente no!, respondió el Mullah. Usted está pensando en otro Alejandro Magno. Yo estoy hablando sobre el llamado Mahoma.

La deuda


El Mullah Nasrudin se paseaba por el mercado cuando un comerciante se le acercó, reprendiendo severamente al Mullah en voz alta por su falta de pago en una deuda.
—Mi querido amigo, respondió Nasrudin, cuánto le debo?
—Setenta y cinco piastras, vociferó el comerciante, ya descontrolado.
—Vamos, vamos, respondió el Mullah. Ciertamente, tienes que saber que tengo la intención de pagar treinta y cinco piastras mañana, y el mes siguiente, otras treinta y cinco piastras. Eso quiere decir que le debo sólo cinco piastras. ¿No le da vergüenza, mi amigo, abordarme tan agresivamente en público por una deuda de cinco duros?

La lista


La situación ya era desesperada. Nasrudin había sido mordido por un perro rabioso y los médicos no estaban seguros si se había empezado el tratamiento a tiempo, para salvarlo. Atribulados y después de una última consulta en la materia, ingresaron en la sala y le comunicaron la verdad: que podría desarrollar la hidrofobia y que sus posibilidades eran bastante malas.
En lugar de parecer molesto por la noticia, el Nasrudin pidió un lápiz y papel y comenzó a escribir largo y tendido. Después de hora y media de escritura constante, su enfermera le preguntó:
—¿Qué escribes, Mullah? ¿Es tu voluntad o una carta a tu familia?
—No, dijo Nasrudin, es la lista de personas que voy a morder.

La novia atea


La familia de Nasrudin se notaba molesta, porque la chica con quien estaba el Mullah planeando casarse era atea.
—No tienes que casarte con una atea, dijo su madre.
—Qué puedo hacer, yo la amo, dijo el joven Nasudin.
—Si ella te ama, hará cualquier cosa que le pidas. Debes hablarle de tu religión, hijo mío. Si eres persistente, puedes conquistarla. Dijo
su madre.

Transcurrieron varias semanas. Una mañana en el desayuno el joven Mullah parecía tener absolutamente destrozado el corazón.
—¿Qué te pasa, hijo?, le preguntó su madre, pensé que tenías buenos progresos, conversando de religíon, con tu joven novia.
—Ëse es el problema, dijo Nasrudin, demasiados, tanto que, anoche me dijo que estaba convencida y que iba a estudiar para ser monja.

Ser nadie


El Mullah Nasrudin decidió asistir a una gran recepción dada por el Rey y a la cual no había sido invitado.
Pomposamente ingresó en la zona VIP y se acomodó en la principal y elegante silla del lugar.
El líder de los recepcionistas se acercó al Mullah y le dijo:
—Señor, éste es el recinto VIP y estos lugares están reservados para los invitados de honor.
—Oh, soy más que un mero invitado, respondió Nasrudin con entera confianza.
—Ah, entonces usted es un diplomático?
—Mucho más que eso, respondió con altivez el Mullah.
—¿Ah, sí? Así que usted es un ministro tal vez?
—No, más grande que eso también, dijo Nasrudin pretenciosamente.
—Ah...! Así que debe ser el propio Rey, señor... dijo el líder de los recepcionistas, con sarcasmo.
—Más alto que eso, dijo El Mullah ostentosamente.
—¿Qué ...? Es usted superior al Rey ...? Nadie es superior al rey.
—Ahora has acertado, dijo Nasrudin. ¡Yo soy nadie!

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