lunes, 27 de octubre de 2014

Nasrudin

El precio de un consejo

El Mullah Nasrudín fue contratado por un comerciante para que llevara un pesado cajón a su mansión.
Establecidos unos honorarios de cinco monedas de oro, Nasrudin se cargó el bulto a la espalda y los dos hombres emprendieron el camino. Después de varias horas de andar con dificultad a través de pasos de montaña poco firmes, el comerciante se volvió al mozo de cuerda.
—Oye, he estado pensando. En vez de darte simplemente dinero, me gustaría ofrecerte algo mucho más valioso: consejo.
Nasrudín, muy molesto por esta evidente ruptura de contrato, decidió sin embargo conceder al mercachifle el beneficio de la duda. Tal vez el consejo que le diera fuese de gran valor.
—Muy bien, ¿cuáles son tus palabras de sabiduría?
—Uno, nunca creas a un hombre que dice que te mostrará la manera de hacer fortuna de la noche a la mañana.
—Eso parece justo, pensó Nasrudín, que había sido engañado con esas promesas en el pasado.
—Dos, nunca vayas de viaje, no importa lo breve que éste pueda ser, sin provisiones de agua y comida suficiente para tres días.
—Otro punto útil, convino el Mullah.
—Tres, contrata siempre a un hombre, para hacer el trabajo pesado, que sea lo bastante estúpido para cambiar dinero por un consejo sin valor, dijo el comerciante con un grito de alegría.
—Tu consejo ha resultado ser tan valioso que siento que debo darte algo a cambio, respondió Nasrudín, esforzándose para ocultar su furia por la estratagema. Nunca molestes a quien está haciendo para ti un trabajo que tú mismo eres incapaz de hacer.
Con esto, dejó caer el cajón con gran estrépito y regresó a grandes zancadas por la ladera de la montaña.

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