sábado, 8 de noviembre de 2014

Nasrudin

Digno de nata

La esposa de Nasrudín envió a su hijo menor a comprar leche. Al ver al pequeño corriendo con su lechera, el emir decidió divertirse:
—¿A dónde vas con tanta prisa?, le dijo.
—A comprar leche, respondió el muchacho.
—¿Por qué compras lo que puedes tener gratis? Alcanza la lechera a los guardias y yo mismo te la llenaré.
El emir le llenó la lechera con agua sucia y mandó al chico de nuevo a su casa.
Cuando Nasrudín se enteró de la broma del emir, decidió vengarse.
Unos días más tarde, oyó que el gobernante sufría de jaqueca, sacó un cubo de excrementos y corrió al palacio.
—Gran emir, dijo al hombre quejumbroso, tengo aquí una cataplasma que, aplicada al cuero cabelludo tres veces al día, hace desaparecer incluso el dolor más severo.
El emir estaba muy feliz de aplicarse la pasta. Pero, al tercer día, no podía ya soportar la peste y llamó a Nasrudín.
—¿De qué está hecho este remedio infernal?
—Normalmente se hace de leche, respondió Nasrudín, pero consideré que vuestra excelencia es digno de nata.

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