lunes, 30 de noviembre de 2015

Nasrudin



Ningún testigo

Un vagabundo se abría paso por la orilla del río cuando descubrió un cofre de hierro enterrado en el fango de la orilla. Al recogerlo y abrirlo descubrió que contenía una cantidad considerable de oro. Rápidamente se sentó y empezó a contar el dinero.
Mientras estaba contando, un rico propietario pasó por allí. Al ver el oro, se detuvo.
—¿Dónde conseguiste eso?, preguntó.
—Lo encontré en la orilla del río.
—Bien, ten cuidado, esta zona está infestada de ladrones. Te cortarán la cabeza para robarte tu oro. Posiblemente pudiera regresar contigo y meter el cofre en mi caja fuerte, ¿quieres?
Muy aliviado, el vagabundo aceptó el ofrecimiento.
Cuando el oro estuvo depositado a salvo en la caja fuerte, el hombre dijo al vagabundo que volviera durante el día y le entregaría la caja. Pero cuando llegó el día siguiente, el rico negó cualquier conocimiento de la fortuna.
Comprendiendo que no iba a conseguir lo que era legítimamente suyo, el vagabundo arrastró al ladrón al tribunal, donde Nasrudín actuaba entonces como juez.
—¿Dónde están los testigos?, preguntó al vagabundo.
—¡Ay de mí, no hay ninguno!, contestó el hombre. Lo encontré junto al río cuando no había nadie alrededor.
—Entonces ve al río y dile que comparezca en el tribunal.
—El hombre estaba totalmente sorprendido, pero sin embargo fue a hablar al río.
Unas horas después, todavía no había regresado.
—¿Piensas que tardará mucho?, preguntó el juez al acusado.
—Podría llevarle mucho tiempo, replicó el propietario. Ese tramo del río está muy lejos.
Finalmente volvió el vagabundo, acalorado y enfadado:
—Le pedí al río que viniera hasta que me cansé de repetirlo, pero no se movió.
—Sí que lo hizo, dijo Nasrudín señalando al terrateniente. Entró un momento mientras tú estabas de camino y me dijo que este hombre es en efecto un ladrón.

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