Marta
Los pobres viejos la han perdido; inútil y doloroso preguntarse por qué. Los pobres viejos la han perdido y sus lágrimas no modificarán el dolor que los encorva hacia la tumba.
Marta salió al campo, cuando el sol cansado,
tendía, sobre el suelo, su manto encarnado.
¿Por qué no vuelve? ¿Qué destino, así, les roba la única risa del alero? No ven los viejos, de ojos seniles, más allá del cariño lanudo con que la amodorraban.
No entienden del goce de colorear el alma,
con reflejos de tarde y con ritmos de calma.
¿Por qué se iría? Ellos la esperaban, como el bien que pedían en sus oraciones. Ellos la esperaban, junto al fogón, para mecer su almita curiosa con cuentos ancianos.
Se fue, por un sendero sin saber adonde,
por donde el sol avaro, su oro esconde.
¿Por qué irse así? ¿La torturaron ellos alguna vez? ¿No se habían sometido siempre a sus caprichos exigentes? Ése no era modo de pagar a los pobres viejos su deuda de afecto.
Se fue y aún camina, ignorando el destino,
se fue caminando, su propio camino.
Ellos la cuidaban de tanto peligro. Ahora va expuesta su belleza a todos los ultrajes de la carne, su candor a todos los insultos, su vida a todas las intromisiones extrañas y curiosas.
Un cardo maligno se colgó a su vestido,
coronado de gasa, su puño atrevido.
Ellos la mezquinaron al mundo. Pero ¿no era para protegerla? ¿No era para evitar que los perversos la lastimaran con el deseo que podía inspirar su frescura?
Las espinas del monte, por besarle el pecho,
dejáronle el traje, en hilachas desecho.
¿Y después? Cuando la curiosidad, insana, hubiera roto la tan débil coraza moral ¿qué sería de ella, quién la defendería, sin el amor consejero de los viejos años?
Y Marta desnuda se interna en la noche,
que de su pelo negro, le prende el broche.
¿Y si se pierde? ¿Qué hará la pobre con su inocencia? Oirá tal vez los consejos, interesados, de algún galante hablador y se perderá al escucharlo.
Más el sueño traidor, con pasos de bruja,
de atrás sobreviene y al suelo la empuja.
¡Oh! Qué dolor, qué insoportable dolor, imaginarla indiferente al llanto paterno. Cuánto egoísmo, qué tortura a los viejos, que se creían con derecho al amor filial. ¿Por qué ese daño?
La luna, indiscreta, le pinta con tiza,
una tenue, adherente, blancuzca camisa.
Pobre, pobre alero, que abrazas el rancho triste. Ya no hay juventud bajo tus tejas verdegrises. Pobre alero paterno, ya el objeto es nulo de tus cuidados para quiénes no quieren vivir.
Y del beso que un fauno le diera dormida,
Marta lleva, en sus labios, el ansia adherida.
Los viejos se mueren, los viejos no lloran ya; descansan su dolor en tumba horadada por lágrimas inútiles. Los viejos han muerto.
Pero Marta, al fin, vive el cuerpo endiosado,
por novísimo ritmo, que el fauno le ha dado.
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viernes, 22 de mayo de 2009
Guiraldes Ricardo
Los filosofantes
¡Ahí vienen, ahí vienen!
¿No los veis?
Las piernas oscilando, rítmicamente, como metrónomo. Merecen ser una invención prusiana.
«Die Filosofen».
Aquí han venido observadores de rostro importante. Estudian los caracteres, mirando en los ojos y haciendo preguntas. Vienen del Norte.
En sus cerebros pensantes y rumipensantes, fabrican el bolo. Después... groserean y meten las cuatro, en imperativo categórico.
Marcha (composición pomposa).
Los filosofantes
elefantes,
andantes,
se llevan las paredes por delante.
¡No hay más que verlos! Lejos de ellos la frivolidad. Son anunciadores de lo grave, de lo abstracto, de lo especulativamente puro e intangible.
Clasifican las pasiones, profetizan porvenires, explican el por qué de lo sucedido, descubren la verdad, demuestran la belleza, todo en nombre de la venerable lógica.
Vienen del Norte
no bailan con corte.
¿La inconciencia? ¡oh!
¿La impulsividad? ¡oh! ¡oh!
Cigarras imbéciles, ellos son las hormigas.
Son graves doctores,
no son ruiseñores.
No ríen, no lloran, son la dignidad, el saber. ¡Oh, faros inconmovibles de la ignorancia humana!
Con ceño adusto, yerguen el busto.
Un, dos... un, dos... Sus cuerpos han metodizado el desorden natural del paso.
Orden, método, perseverancia, voluntad.
Todo principio es difícil.
Pero:
Rompiéndote la cabeza contra la piedra, brotará un chichón de orgullo.
Como vinieron, así van.
(Marcha pomposa, con pequeña variante).
LOS FILOSOFANTES
SON GENTE IMPORTANTE,
CON PASO ELEFANTE,
EN RITMO DE ANDANTE.
¡Ahí se van, ahí se van!...
¡Ahí vienen, ahí vienen!
¿No los veis?
Las piernas oscilando, rítmicamente, como metrónomo. Merecen ser una invención prusiana.
«Die Filosofen».
Aquí han venido observadores de rostro importante. Estudian los caracteres, mirando en los ojos y haciendo preguntas. Vienen del Norte.
En sus cerebros pensantes y rumipensantes, fabrican el bolo. Después... groserean y meten las cuatro, en imperativo categórico.
Marcha (composición pomposa).
Los filosofantes
elefantes,
andantes,
se llevan las paredes por delante.
¡No hay más que verlos! Lejos de ellos la frivolidad. Son anunciadores de lo grave, de lo abstracto, de lo especulativamente puro e intangible.
Clasifican las pasiones, profetizan porvenires, explican el por qué de lo sucedido, descubren la verdad, demuestran la belleza, todo en nombre de la venerable lógica.
Vienen del Norte
no bailan con corte.
¿La inconciencia? ¡oh!
¿La impulsividad? ¡oh! ¡oh!
Cigarras imbéciles, ellos son las hormigas.
Son graves doctores,
no son ruiseñores.
No ríen, no lloran, son la dignidad, el saber. ¡Oh, faros inconmovibles de la ignorancia humana!
Con ceño adusto, yerguen el busto.
Un, dos... un, dos... Sus cuerpos han metodizado el desorden natural del paso.
Orden, método, perseverancia, voluntad.
Todo principio es difícil.
Pero:
Rompiéndote la cabeza contra la piedra, brotará un chichón de orgullo.
Como vinieron, así van.
(Marcha pomposa, con pequeña variante).
LOS FILOSOFANTES
SON GENTE IMPORTANTE,
CON PASO ELEFANTE,
EN RITMO DE ANDANTE.
¡Ahí se van, ahí se van!...
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Guiraldes Ricardo
A la mujer que pasa
Oh! el dolor de tu cuerpo voluptuoso, apto a la herida de la carne quemadora.
Vorágine obsesora,
tortura lenta.
Sueño estatuario,
estética de carne.
Vitalidad turbulenta,
camina lenta.
Y deja que ritmen tus talones,
candentes dominaciones.
Estética de carne,
carne de amor.
Belleza, alma pagana de la forma;
diosa que espira su perfecto por la línea,
multivital, del movimiento y del volumen.
Misterioso numen
que ilumina,
el alma de la plástica divina,
que ama por tu cuerpo generoso,
el poderoso,
argumento de lo hermoso.
Oh! el dolor de tu cuerpo voluptuoso, apto a la herida de la carne quemadora.
Vorágine obsesora,
tortura lenta.
Sueño estatuario,
estética de carne.
Vitalidad turbulenta,
camina lenta.
Y deja que ritmen tus talones,
candentes dominaciones.
Estética de carne,
carne de amor.
Belleza, alma pagana de la forma;
diosa que espira su perfecto por la línea,
multivital, del movimiento y del volumen.
Misterioso numen
que ilumina,
el alma de la plástica divina,
que ama por tu cuerpo generoso,
el poderoso,
argumento de lo hermoso.
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Guiraldes Ricardo
Alcohólica
Muy duro, un borracho sale de cualquier esquina. Flamea a cualquier viento y se va a cualquier parte.
¡Qué vergüenza!
Un montón de cosas, deliciosamente incomprensibles, «farrean» en su cerebro (caldera genial, por cierto), y monologa en versos modernistas:
El viento viene,
el viento va,
si se detiene,
casualidad.
Hace cuatro pasos a la derecha, contra su voluntad y la pared, echa como una ancla su mirada, para afirmarse a la realidad, se da cuenta, que hay mucha neblina y que los faroles deben estar a bordo.
Una mujer pasa a su lado, le mira y se burla.
El borracho reúne las partículas flotantes de su voluntad.
-No estoy tan mamao, como pa no romperte la crisma.
Camina diez metros para hacer cinco y celebra esta aventura inesperada.
¡Mujer, muujeer!... Son indudablemente una gran cosa... ¡Poderlas poseer todas!
Es una racha de amor,
que me envuelve en su calor.
Pucha si fuera un suertudo de esos...
Y engañar a las muchachas,
lindas, tontas, vivarachas,
con el goce y el provecho,
de dejar algo deshecho.
Tropieza ¿con?... otra mujer... no es la misma... es otra mujer, pues ésta va llevando o es llevada, por un perrito, un vil perrito de esos chiquitos.
El borracho se recuesta en ella y canta, como puede, sobre el aire de la Marsellesa:
¡Ser rico, mi Dios,
ser rico y ser dos!
Vilmente, se traban en diálogo mercantil, pero como el hombre no posee más riqueza que su tranca, piensa:
El sol y la luna
no tienen fortuna,
y van por los cielos,
sin tantos desvelos.
A la verdad, ¿quiénes son ellos para ansiar más que aquellas altezas?
La mujer se ha borrado por completo. El borracho mira las casas balancearse, inexplicablemente, y se esfuerza en detener ese movimiento mareante.
-Hay que mirar fijo, muy fijo. Inútil. El período del chancho no admite dilaciones y hay que ejecutarse, estomacalmente, contra la primer vidriera... esa de enfrente, con globos de color, a lo botica...
-Pucha, ¡qué tranca! ¡Qué pedazo de tranca tenés, hermano!
Y sus pasos sin control,
lo voltean contra un farol.
Muy duro, un borracho sale de cualquier esquina. Flamea a cualquier viento y se va a cualquier parte.
¡Qué vergüenza!
Un montón de cosas, deliciosamente incomprensibles, «farrean» en su cerebro (caldera genial, por cierto), y monologa en versos modernistas:
El viento viene,
el viento va,
si se detiene,
casualidad.
Hace cuatro pasos a la derecha, contra su voluntad y la pared, echa como una ancla su mirada, para afirmarse a la realidad, se da cuenta, que hay mucha neblina y que los faroles deben estar a bordo.
Una mujer pasa a su lado, le mira y se burla.
El borracho reúne las partículas flotantes de su voluntad.
-No estoy tan mamao, como pa no romperte la crisma.
Camina diez metros para hacer cinco y celebra esta aventura inesperada.
¡Mujer, muujeer!... Son indudablemente una gran cosa... ¡Poderlas poseer todas!
Es una racha de amor,
que me envuelve en su calor.
Pucha si fuera un suertudo de esos...
Y engañar a las muchachas,
lindas, tontas, vivarachas,
con el goce y el provecho,
de dejar algo deshecho.
Tropieza ¿con?... otra mujer... no es la misma... es otra mujer, pues ésta va llevando o es llevada, por un perrito, un vil perrito de esos chiquitos.
El borracho se recuesta en ella y canta, como puede, sobre el aire de la Marsellesa:
¡Ser rico, mi Dios,
ser rico y ser dos!
Vilmente, se traban en diálogo mercantil, pero como el hombre no posee más riqueza que su tranca, piensa:
El sol y la luna
no tienen fortuna,
y van por los cielos,
sin tantos desvelos.
A la verdad, ¿quiénes son ellos para ansiar más que aquellas altezas?
La mujer se ha borrado por completo. El borracho mira las casas balancearse, inexplicablemente, y se esfuerza en detener ese movimiento mareante.
-Hay que mirar fijo, muy fijo. Inútil. El período del chancho no admite dilaciones y hay que ejecutarse, estomacalmente, contra la primer vidriera... esa de enfrente, con globos de color, a lo botica...
-Pucha, ¡qué tranca! ¡Qué pedazo de tranca tenés, hermano!
Y sus pasos sin control,
lo voltean contra un farol.
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Guiraldes Ricardo
Póstuma
Fue grande. La muerte empero le cayó encima.
Como una cima,
que se derrumba
sobre su tumba.
Fue genio. Sus concepciones desertaron su cráneo.
Como el estaño,
que se derrama,
bajo la llama.
Fue hombre. Amor pulsó dentro su pecho.
Ahora deshecho
por la ponzoña
de su carroña.
Blanco será y puro
cuando sus huesos, duros,
solos estén.
Y su alma de grande,
su cráneo de genio,
su forma de hombre,
yazcan sin nombre,
santificados por el olvido.
Eterno nido,
de eterna gloria,
fuera de historia.
Fue grande. La muerte empero le cayó encima.
Como una cima,
que se derrumba
sobre su tumba.
Fue genio. Sus concepciones desertaron su cráneo.
Como el estaño,
que se derrama,
bajo la llama.
Fue hombre. Amor pulsó dentro su pecho.
Ahora deshecho
por la ponzoña
de su carroña.
Blanco será y puro
cuando sus huesos, duros,
solos estén.
Y su alma de grande,
su cráneo de genio,
su forma de hombre,
yazcan sin nombre,
santificados por el olvido.
Eterno nido,
de eterna gloria,
fuera de historia.
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Guiraldes Ricardo
Inútil
Tengo hoy en el alma unos cuentos muy viejos -muy viejos, lejanos.
Nacieron conmigo y fueron ya antes.
Y cuentan palacios.
Espíritus buenos y espíritus malos.
Y llevan perfumes de leyendas bárbaras.
Dragones y encantos.
Encantos maléficos,
buenos milagros.
Son todo lo irreal, y todo lo sueño.
No quieren, ni pueden, nacer pues son vagos.
Son viejos los pobres, son cuentos de abuelo.
Nacidos, quién sabe, mirando en el fuego,
en noche tranquila y apta al recuerdo,
recuerdo de cosas, que nunca existieron.
Cuentos viejos y vagos
y nebulosos,
de episodios fabulosos.
Potentes magos.
Recuerdos.
Cuentos ancianos,
quedad lejanos.
Tengo hoy en el alma unos cuentos muy viejos -muy viejos, lejanos.
Nacieron conmigo y fueron ya antes.
Y cuentan palacios.
Espíritus buenos y espíritus malos.
Y llevan perfumes de leyendas bárbaras.
Dragones y encantos.
Encantos maléficos,
buenos milagros.
Son todo lo irreal, y todo lo sueño.
No quieren, ni pueden, nacer pues son vagos.
Son viejos los pobres, son cuentos de abuelo.
Nacidos, quién sabe, mirando en el fuego,
en noche tranquila y apta al recuerdo,
recuerdo de cosas, que nunca existieron.
Cuentos viejos y vagos
y nebulosos,
de episodios fabulosos.
Potentes magos.
Recuerdos.
Cuentos ancianos,
quedad lejanos.
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Guiraldes Ricardo
Simple
El día se ha muerto.
Cerca, todo lo que cae bajo la luz borrosa de los faroles. Por trechos, agujeros de obscuridad, pedazos de desconocido, donde la imaginación puede crearlo todo.
A lo lejos, la masa densa de la montaña, sobre el cielo huyente, crea el horizonte. En sentido opuesto, donde la vista no alcanza, tierra y agua copulan idéntico beso.
Solo, muy solo, va el camino pequeño.
Pueblo de bambolla, nacido de ensueños voluptuosos. Aldea modesta, mejillón de la cima. Cielo. Montaña. Mar plegadizo, fuerte, monótono y grande.
Todo tañe en el Ángelus del campanario.
El día se ha muerto.
Cerca, todo lo que cae bajo la luz borrosa de los faroles. Por trechos, agujeros de obscuridad, pedazos de desconocido, donde la imaginación puede crearlo todo.
A lo lejos, la masa densa de la montaña, sobre el cielo huyente, crea el horizonte. En sentido opuesto, donde la vista no alcanza, tierra y agua copulan idéntico beso.
Solo, muy solo, va el camino pequeño.
Pueblo de bambolla, nacido de ensueños voluptuosos. Aldea modesta, mejillón de la cima. Cielo. Montaña. Mar plegadizo, fuerte, monótono y grande.
Todo tañe en el Ángelus del campanario.
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Guiraldes Ricardo
Aconcagua
Cima. Altura. Cono tendencioso, que escapas de la tierra, hacia la coronación rala de aires eternos.
Aspiración a lo perfecto.
Gran tranquilo. Eterno mojón de cataclismo, cernido de nubes que lloran en tus flancos pétreos, desflocando sobre tu dureza la impotencia blanduzca de sus velámenes, esclavos del viento.
Indiferente.
Caótica cristalización.
Rezo de piedra.
Véngame tu firmeza inconmovible. Dios del silencio. Dios de aspiraciones hacia la perfección sideral.
¡Oh! tú que escapas a la tierra.
Impulso en catalepsia.
Borbotón solidificado.
Serenidad, hecha materia, que duermes al través de los siglos, imperturbablemente.
Vuelo en letargo.
Véngame tu estabilidad perenne, oh, pacificador inerte; dame tu sopor inmutable y la paz de tu quietismo de esfinge geológica.
¡Aconcagua!
Cima. Altura. Cono tendencioso, que escapas de la tierra, hacia la coronación rala de aires eternos.
Aspiración a lo perfecto.
Gran tranquilo. Eterno mojón de cataclismo, cernido de nubes que lloran en tus flancos pétreos, desflocando sobre tu dureza la impotencia blanduzca de sus velámenes, esclavos del viento.
Indiferente.
Caótica cristalización.
Rezo de piedra.
Véngame tu firmeza inconmovible. Dios del silencio. Dios de aspiraciones hacia la perfección sideral.
¡Oh! tú que escapas a la tierra.
Impulso en catalepsia.
Borbotón solidificado.
Serenidad, hecha materia, que duermes al través de los siglos, imperturbablemente.
Vuelo en letargo.
Véngame tu estabilidad perenne, oh, pacificador inerte; dame tu sopor inmutable y la paz de tu quietismo de esfinge geológica.
¡Aconcagua!
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Guiraldes Ricardo
Luna
Luna que haces ulular a los perros y los poetas.
Faro de tiza
astro en camisa.
Disco, casco y guadaña, colgada al hombro de la noche, representante de muerte.
Impotente
intermitente.
Parásito luminoso del sol, chinchorro giratorio de nuestra barca sideral.
Ronda vejiga
pálida miga.
Surtidora de falsas purezas. Frígido ovillo.
Pulcro botón de calzoncillo.
Nadie te teme; todos te quieren. Inofensivo bollo de harina sin importancia.
Blanca jactancia.
Sudario de azoteas. Velador de noctámbulos.
Orgullo hinchado
de trasnochado.
Luna, muerte, maleficio
gorda madama del precipicio.
Ojalá se ahogue dentro de un charco,
tu ojo zarco.
Ángel caído en frialdad, per-in-eternum.
Mundo maldito,
me importa un pito.
Luna que haces ulular a los perros y los poetas.
Faro de tiza
astro en camisa.
Disco, casco y guadaña, colgada al hombro de la noche, representante de muerte.
Impotente
intermitente.
Parásito luminoso del sol, chinchorro giratorio de nuestra barca sideral.
Ronda vejiga
pálida miga.
Surtidora de falsas purezas. Frígido ovillo.
Pulcro botón de calzoncillo.
Nadie te teme; todos te quieren. Inofensivo bollo de harina sin importancia.
Blanca jactancia.
Sudario de azoteas. Velador de noctámbulos.
Orgullo hinchado
de trasnochado.
Luna, muerte, maleficio
gorda madama del precipicio.
Ojalá se ahogue dentro de un charco,
tu ojo zarco.
Ángel caído en frialdad, per-in-eternum.
Mundo maldito,
me importa un pito.
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Guiraldes Ricardo
Lucero
Proa del sol.
Ojo potente.
Vanguardia del día.
Perforador de cobalto, que asciendes, voraz de espacio, a monopolizar las glorias siderales.
Prefacio de luz.
Iniciador.
Suicida cotidiano.
Orgulloso pavo real, que abochornas estrellas.
Breve es tu vida. El sol te mata, pero eres el principio.
Heraldo de luz,
ésa es tu cruz.
Proa del sol.
Ojo potente.
Vanguardia del día.
Perforador de cobalto, que asciendes, voraz de espacio, a monopolizar las glorias siderales.
Prefacio de luz.
Iniciador.
Suicida cotidiano.
Orgulloso pavo real, que abochornas estrellas.
Breve es tu vida. El sol te mata, pero eres el principio.
Heraldo de luz,
ésa es tu cruz.
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b1o-Ricardo-Guiraldes
Guiraldes Ricardo
Ladrido
Luna redonda, blanca y lejana.
Paz sobre el mundo y con nosotros.
Pregusto de muerte.
Calma.
La brisa disgrega el pecho en rezos.
El color está de luto.
Un camino, lívido, se va.
Las sombras se achatan, esquivas.
Un sapo hace gárgaras de erres.
La rana mastica palillos sonoros.
Venus guiña a la tierra su ojo punzante.
Los grillos cantan glorias de vidrio.
El viento, en las ramas, chista para profundizar el silencio.
Las palmas digitan, sobre el invisible palor del aire.
El cabello, espinoso, de un Fénix, se espanta de noche.
Las hojas metálicas del eucaliptus, enganchan lacrimales pedazos de luna.
El silencio se duerme.
Pregusto de muerte.
Luna redonda, blanca y lejana.
Paz sobre el mundo y con nosotros.
Pregusto de muerte.
Calma.
La brisa disgrega el pecho en rezos.
El color está de luto.
Un camino, lívido, se va.
Las sombras se achatan, esquivas.
Un sapo hace gárgaras de erres.
La rana mastica palillos sonoros.
Venus guiña a la tierra su ojo punzante.
Los grillos cantan glorias de vidrio.
El viento, en las ramas, chista para profundizar el silencio.
Las palmas digitan, sobre el invisible palor del aire.
El cabello, espinoso, de un Fénix, se espanta de noche.
Las hojas metálicas del eucaliptus, enganchan lacrimales pedazos de luna.
El silencio se duerme.
Pregusto de muerte.
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Guiraldes Ricardo
Al hombre que pasó
Símbolo pampeano y hombre verdadero.
Generoso guerrero,
amor, coraje,
¡Salvaje!
Gaucho, por decir mejor.
Ropaje suelto de viento,
protagonista de un cuento
vencedor.
Corazón
de afirmación.
Voluntad
de lealtad.
Cuerpo «morrudo» de hombría,
peregrina correría
que va tranqueando los llanos,
con la vida entre las manos
potentes de valentía.
Vagabunda rebeldía.
Carne de orgullo y destreza,
alma que tiene corteza,
pues no hay viento
ni lamento,
que penetre en su rudeza,
ni doble, de su cabeza,
la arremangada fiereza.
En su melena asoleada,
que va de luz revolcada,
a la oración,
flotando está una intención.
Quiso libertad; la tuvo
y en su batallar, no hubo
quien le impusiera derrota.
Su sangre, gota por gota
demostró que era ilusoria,
para otros la victoria,
y escribió roja su historia.
Pero hoy el gaucho, vencido,
galopando hacia el olvido,
se perdió.
Su triste ánima en pena
se fue, una noche serena,
y en la cruz del Sur, clavado,
como despojo sagrado,
lo he yo.
Símbolo pampeano y hombre verdadero.
Generoso guerrero,
amor, coraje,
¡Salvaje!
Gaucho, por decir mejor.
Ropaje suelto de viento,
protagonista de un cuento
vencedor.
Corazón
de afirmación.
Voluntad
de lealtad.
Cuerpo «morrudo» de hombría,
peregrina correría
que va tranqueando los llanos,
con la vida entre las manos
potentes de valentía.
Vagabunda rebeldía.
Carne de orgullo y destreza,
alma que tiene corteza,
pues no hay viento
ni lamento,
que penetre en su rudeza,
ni doble, de su cabeza,
la arremangada fiereza.
En su melena asoleada,
que va de luz revolcada,
a la oración,
flotando está una intención.
Quiso libertad; la tuvo
y en su batallar, no hubo
quien le impusiera derrota.
Su sangre, gota por gota
demostró que era ilusoria,
para otros la victoria,
y escribió roja su historia.
Pero hoy el gaucho, vencido,
galopando hacia el olvido,
se perdió.
Su triste ánima en pena
se fue, una noche serena,
y en la cruz del Sur, clavado,
como despojo sagrado,
lo he yo.
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Guiraldes Ricardo
Mi caballo
Es un flete criollo, violento y amontonado.
Vive para el llano.
Sus vasos son ebrios de verde y la tarde, en crepúsculo orificado, se enamoró de sus ojos.
Comió pampa, en gramilla y trébol, y su hocico resopla vastos golpes, en sed de horizonte.
La línea, la eterna línea, allá, en que se acuesta el cielo.
Contra el amanecer, cuando la noche olvida sus estrellas, golpeose el pecho de oro, y en la tarde, enancó chapas de luz.
Iluso, la tierra rodó al empuje de sus cascos; fue ritmador del mundo.
¿Realidad? ¡Qué importa si vivió de inalcanzable!...
Es un flete criollo, violento y amontonado.
Vive para el llano.
Sus vasos son ebrios de verde y la tarde, en crepúsculo orificado, se enamoró de sus ojos.
Comió pampa, en gramilla y trébol, y su hocico resopla vastos golpes, en sed de horizonte.
La línea, la eterna línea, allá, en que se acuesta el cielo.
Contra el amanecer, cuando la noche olvida sus estrellas, golpeose el pecho de oro, y en la tarde, enancó chapas de luz.
Iluso, la tierra rodó al empuje de sus cascos; fue ritmador del mundo.
¿Realidad? ¡Qué importa si vivió de inalcanzable!...
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b1o-Ricardo-Guiraldes
Guiraldes Ricardo
Tango
Tango severo y triste.
Tango de amenaza.
Tango, en que cada nota cae pesada y como a despecho, bajo la mano más bien destinada para abrazar un cabo de cuchillo.
Tango trágico, cuya melodía juega con un tema de pelea.
Ritmo lento, armonía complicada de contratiempos hostiles.
Baile que pone vértigos de exaltación viril en los ánimos que enturbia la bebida.
Creador de siluetas, que se deslizan mudas, bajo la acción hipnótica de un ensueño sangriento.
Chambergos torcidos sobre muecas guasas.
Amor absorbente de tirano, celoso de su voluntad dominadora.
Hembras entregadas, en sumisiones de bestia obediente.
Risa complicada de estupro.
Aliento de prostíbulo. Ambiente que hiede a china guaranga y a macho en sudor de lucha.
Presentimiento de un repentino estallar de gritos y amenazas, que concluirán por sordo quejido, en un chorrear de sangre humeante, como última protesta de ira inútil.
Mancha roja, que se coagula en negro.
Tango fatal, soberbio y bruto.
Notas arrastradas, perezosamente, en un teclado gangoso.
Tango severo y triste.
Tango de amenaza.
Baile de amor y muerte.
Tango severo y triste.
Tango de amenaza.
Tango, en que cada nota cae pesada y como a despecho, bajo la mano más bien destinada para abrazar un cabo de cuchillo.
Tango trágico, cuya melodía juega con un tema de pelea.
Ritmo lento, armonía complicada de contratiempos hostiles.
Baile que pone vértigos de exaltación viril en los ánimos que enturbia la bebida.
Creador de siluetas, que se deslizan mudas, bajo la acción hipnótica de un ensueño sangriento.
Chambergos torcidos sobre muecas guasas.
Amor absorbente de tirano, celoso de su voluntad dominadora.
Hembras entregadas, en sumisiones de bestia obediente.
Risa complicada de estupro.
Aliento de prostíbulo. Ambiente que hiede a china guaranga y a macho en sudor de lucha.
Presentimiento de un repentino estallar de gritos y amenazas, que concluirán por sordo quejido, en un chorrear de sangre humeante, como última protesta de ira inútil.
Mancha roja, que se coagula en negro.
Tango fatal, soberbio y bruto.
Notas arrastradas, perezosamente, en un teclado gangoso.
Tango severo y triste.
Tango de amenaza.
Baile de amor y muerte.
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Guiraldes Ricardo
Verano
Buenos Aires. Calle Santa Fe en el 900. Diciembre.
La casa abierta, respirando de noche,
todo apagado dentro.
Cielo, implacablemente estrellado, cuyo azul
de zafiro australiano se aleja,
por obra del aturdimiento luminoso que mandan
a los ojos los focos eléctricos.
De tiempo en tiempo, coches pasan,
en rectilíneos destinos.
En la acera de enfrente, una madre aparea
la obesidad de su flácido descanso
a las epidérmicas lasitudes de su hija,
que corre mano distraída sobre su muslo,
apenas suavizado por un batón rosa.
El reflejo de los focos se aplasta,
extendido contra el asfalto.
Caballito, caballito que llevas el fiacre vacío,
pareces un cuento,
infantil,
de madera.
Buenos Aires. Calle Santa Fe en el 900. Diciembre.
La casa abierta, respirando de noche,
todo apagado dentro.
Cielo, implacablemente estrellado, cuyo azul
de zafiro australiano se aleja,
por obra del aturdimiento luminoso que mandan
a los ojos los focos eléctricos.
De tiempo en tiempo, coches pasan,
en rectilíneos destinos.
En la acera de enfrente, una madre aparea
la obesidad de su flácido descanso
a las epidérmicas lasitudes de su hija,
que corre mano distraída sobre su muslo,
apenas suavizado por un batón rosa.
El reflejo de los focos se aplasta,
extendido contra el asfalto.
Caballito, caballito que llevas el fiacre vacío,
pareces un cuento,
infantil,
de madera.
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Guiraldes Ricardo
Paseo
De Río a Copacabana.
Se dispara sobre impecable asfalto,
se agujerea una montaña y se redispara,
en herradura, costeando océano
y venteándose de marisco.
El mar alinea paralelas blancas con calmos siseos.
El cielo está siempre clavado al techo,
por sus estrellas;
los morros fabrican horizontes de montaña rusa…
Y la luna calavereando.
De Río a Copacabana.
Se dispara sobre impecable asfalto,
se agujerea una montaña y se redispara,
en herradura, costeando océano
y venteándose de marisco.
El mar alinea paralelas blancas con calmos siseos.
El cielo está siempre clavado al techo,
por sus estrellas;
los morros fabrican horizontes de montaña rusa…
Y la luna calavereando.
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sábado, 16 de mayo de 2009
Guiraldes Ricardo
Proa
Hace mar fuerte…fuerte…
Los egocultores decimos así a lo
que nos vence y no es el caso.
El mar arrea cordilleras renovadas,
que columpian al vapor
en cuya proa frenetizo de borrasca.
Busco una metáfora pluriforme
e inmensa; algo como fijar el alma
caótica,que se empenacha de pedrería.
¿Cómo decir?…Mar…mar…y mientras
insuflo el cráneo de espacio
para cantarle mi visión, el insolente
me escupió la cara.
Hace mar fuerte…fuerte…
Los egocultores decimos así a lo
que nos vence y no es el caso.
El mar arrea cordilleras renovadas,
que columpian al vapor
en cuya proa frenetizo de borrasca.
Busco una metáfora pluriforme
e inmensa; algo como fijar el alma
caótica,que se empenacha de pedrería.
¿Cómo decir?…Mar…mar…y mientras
insuflo el cráneo de espacio
para cantarle mi visión, el insolente
me escupió la cara.
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domingo, 10 de mayo de 2009
Guiraldes Ricardo
Viajar
Asimilar horizontes. ¿Qué importa si el mundo
es plano o redondo?
Imaginarse como disgregado en la atmósfera,
que lo abraza todo.
Crear visiones de lugares venideros y saber
que siempre serán lejanos,
inalcanzables como todo ideal.
Huir lo viejo.
Mirar el filo que corta una agua espumosa
y pesada.
Arrancarse de lo conocido.
Beber lo que viene.
Tener alma de proa.
Asimilar horizontes. ¿Qué importa si el mundo
es plano o redondo?
Imaginarse como disgregado en la atmósfera,
que lo abraza todo.
Crear visiones de lugares venideros y saber
que siempre serán lejanos,
inalcanzables como todo ideal.
Huir lo viejo.
Mirar el filo que corta una agua espumosa
y pesada.
Arrancarse de lo conocido.
Beber lo que viene.
Tener alma de proa.
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