El bandoneón
Tu capacidad de sentmiento
estruja a mi conjoja esta noche.
Prolonga ayes por las comisuras
de la ventanas cerradas por dentro.
Mi capacidad de sentir
hace un recorrido a la columna vertebral.
Si anda el bandoneón
lo acepto en mí,
adelante, es bueno aunque duela.
Siempre los tres,figura mamarracha,
llena de aire con orificios
que te esperan a la salida
para darle inflexiones;
el sabio interpretador
con un traje negro
me acerca a él, que tiene
un sentarse indiferente
al cubrirse los pantalones,
ya que gimiendo así debe ensuciar;
yo no haría eso bandoneón,
será porque sólo escucho.
Algunas cosas sabré yo también.
Siempre los tres
y a veces cuatro o cinco y más,
en amarga pero incontaminada espera,
la de los pobres de espíritu y dinero
que pierde de día las huelgas
y de noche los amores.
Y si mañana no estaré triste
será pasado o dentro de tres días
más no resisto.
Son secretos que se dicen a los íntimos amigos
y nos citamos ante un vaso de vino.
Una noche seré yo, otra seras vos
que bajando la entonación arrnca:
estoy con la mishiadura,
escuchame hermano.
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martes, 26 de mayo de 2009
Portogalo José
Testimonio Lírico
Stampone, Salgán, Astor Piazzola y Troilo
con Pugliese te alhajan de gorjeos.
Cuerda de finas hebras de rocío,
te dispersas en ritmo, en vocinglera
melodía de espuma sobre el mundo:
eres entonces “pájaro campana”,
“garganta de la aurora”, chingolo de baldío,
rumor de picaflor sobre una dalia.
Mi barrio -Buenos Aires- lo proclama sin énfasis,
mi corazón lo afirma copiándote el acento
y llévandote al cuenco más hondo de mi sangre
como a pichón de hornero.
Porque eres de mis juanes la nochecita llena
de besos, serenatas y cita en los zaguanes,
te digo en el recuerdo que abulta mis afectos:
-Somos hermanos, somos hijos del mismo pueblo,
temblor, ráfaga suelta, gota de agua, sonrisa,
hilván de la penumbra en una calle,
mate amargo, bizcocho, cigarrillo, puchero,
frescura de rocío, parecita, silbido,
hoja de menta, luna colgada en un potrero,
sonido de cigarra.
Hablo tu misma lengua,Juan Tango; de tu nombre
Llevo en mi corazón de sal una paloma,
Una armónica, un grillo, una luciérnaga.
Soy tu hermano de leche hasta que venga
la muerte con su lámpara de polen
a quemarte los huesos, la mejilla
pegada a tus raíces.
Stampone, Salgán, Astor Piazzola y Troilo
con Pugliese te alhajan de gorjeos.
Cuerda de finas hebras de rocío,
te dispersas en ritmo, en vocinglera
melodía de espuma sobre el mundo:
eres entonces “pájaro campana”,
“garganta de la aurora”, chingolo de baldío,
rumor de picaflor sobre una dalia.
Mi barrio -Buenos Aires- lo proclama sin énfasis,
mi corazón lo afirma copiándote el acento
y llévandote al cuenco más hondo de mi sangre
como a pichón de hornero.
Porque eres de mis juanes la nochecita llena
de besos, serenatas y cita en los zaguanes,
te digo en el recuerdo que abulta mis afectos:
-Somos hermanos, somos hijos del mismo pueblo,
temblor, ráfaga suelta, gota de agua, sonrisa,
hilván de la penumbra en una calle,
mate amargo, bizcocho, cigarrillo, puchero,
frescura de rocío, parecita, silbido,
hoja de menta, luna colgada en un potrero,
sonido de cigarra.
Hablo tu misma lengua,Juan Tango; de tu nombre
Llevo en mi corazón de sal una paloma,
Una armónica, un grillo, una luciérnaga.
Soy tu hermano de leche hasta que venga
la muerte con su lámpara de polen
a quemarte los huesos, la mejilla
pegada a tus raíces.
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lunes, 25 de mayo de 2009
Portogalo José
Presencia del Tango
1
-Oiga,che, hágase a un lao
que pasa con su magnolia, el tango.
Ah Juan Tango, Juan Tango, no te fíes
del que te llama “hermano” en sus sermones
y te endilga retórica de paja
en discursos ramplones.
No te fíes, Juan Tango, no te fíes;
ponte los pantalones,
saca a lucir tu pecho de jazmines,
el malvón de tu nombre,
tu corazón de pájaro de barro,
tu sonrisa de cobre,
sin olvidar que tienes en tus hombros
el cielo de los pobres.
No te fíes, Juan Tango, no te fíes;
ponte a servir al hombre
que tienes en los huesos
y en las voces que airean tus canciones.
2
Preséntate, Juan Tango,
tal cual eres,
mocito de buzón,
protestón,inocente,
hermano de los pobres
y de la buena gente;
el que no aguanta pulgas
y le baja el copete
al patrón, al burócrata,
al confidente
y al que subiendo al púlpito
invocándote, miente.
Prséntate, Juan Tango,
levantada la frente;
convérsalos
mostrándoles los dientes;
diles que en tu guitarra
ha madurado, alegre,
la copla de la calle
que no se vende;
calle del pan –rompesuelas-,
de la vida y de la muerte.
3
Tango, tanguito de ayer
-compadrito de mi flor-
¡qien te ha visto y quien te ve!
No te estires, Juan Tango,
no te estires;
tú no eres un burgués,
tampoco un pobre diablo
que vuelca su tristeza en un café.
Eres siempre, tú mismo, el que conozco
¡un hombre sin revés!
4
-Échese el resto, compadre,
no se me quede con ganas;
al canto de ¡envido!, ¡truco
de madrugada!
-No por mucho madrugar
Se amanece más temprano.
-Pero el que pega primero
compadre, va ventajeando.
No aventajes, Juan Tango,
no aventajes;
desprecia al funcionario,
al juez, al intendente,
al empresario
que han zurcido tu historia
en los prontuarios.
Castígalos, Juan Tango,
con las voces
del filo de tu canto.
Díles que tu baraja
no es un “naipe marcado”
y que tampoco corres
al caballo
que arrima los boletos
del comisario;
diles que las apuestas
las ganas con tu brazos
y en el aire de tu frente
en el trabajo.
Diles que tú eres Pueblo,
rebelde, insobornable, ¡bien plantado!
5
Tú no eres un Juan Malevo
de utilería,
sino la mala palabra
pura, fresca,honrada, limpia;
suncho de luna, tirado
en un zaguán de la orilla;
fruto de tapia, laguna,
Juan de la Noche en la esquina
pelada, sin un farol
y entre las sombras, caída;
te llamabas “El Morocho”,
“Pie de Seda”, “Lagartija”;
te apedillaba tu barrio
y el carozo de tu hombría.
6
-Soy gringo y creameló,
En sucedidos y sueños
puse siempre mi pasión.
(Con Juan Tango, el inmigrante
soltó también su paloma
en la canción;
laurel, espiga, rocío
de su voz;
perfume de madreselva
y su acordeón;
frescor sabroso del apio
la cebolla y el carlón,
lechuga, sandía, gajo
de menta, en el corazón).
-Yo, Juan el inmigrante
de tercera,
fundé un barrio en el cielo,
otro en la tierra;
ahora soy como todos
los juanes: el olvido
que se ha quedado solo.
Soy Juan el Albañil.
Soy Juan el Panadero
sin el pan, sin la casa
y sin el féretro;
cuando cerré los ojos
nadie vino a mi entierro.
Sin embargo –esto es cierto-,
soy el Juan que ha nacido
con Juan Tango en el Pueblo.
7
Coplas, coplas y más coplas
para el andar de Juan Tango
-gorrioncito de la calle
que brinca, alegre, en mi canto;
amor de trenzas al viento
en la cortada del barrio;
un ¡hasta luego, pebeta!
y un beso roto en los labios.
(Estaba, la noche, estaba
prendidita a tu pollera
de enamorada;
eras la flor del barrio,
la quinceañera
pelusita de durazno,
hilo de oro, hilo de seda.
Te fuiste (cuando?) una tarde.
Tu recuerdo está en la pena
de Juan Tango y de la calle
que no olvida tu miseria.
Fuiste del sueño la novia
con tu nombre en una tapia
y en la letra de una copla).
Hilo de oro, hilo de seda,
miel en la boca
¡pelusita quinceañera!
8
Hermosura del recuerdo
-una plaza, mi cigarro
y la lágrima primera
de mi primer desengaño;
rocío de tardecitas
que se ahogaron
entre ladridos de perros
y un plantón endomingado.
Recuerdo –imagen ahondada
del olvido- que rescato;
espejo del cielo, abierto
en la sonrisa y el llanto,
¡con qué fulgor en mi otoño
luces tus biseles mágicos,
cómo en tu azogue reflejas
de mis sueños, el más alto,
aquel que tiene los ojos
de mi infancia, junto a un charco!
(Viera usted cómo nacía
-dulce paloma del aire-
la poesía;
cardos, sauces, espinillos
y alfalfares de las quintas;
señuelos de mixtos, noria,
de calle a calle guerrilas,
rabonas rodillas sucias,
“corta mano” y calesitas;
viera usted cómo Juan Tango,
que era de barro, quería
sacar pecho, ser el musgo,
la caricia,
el humo que se iba al cielo
y la lámpara del día).
9
Coplas,coplas y más coplas
para entonar la garganta;
aguita fresca del sueño
en la palabra.
Coplas, Juan Tango, y más coplas
del aire que te acompaña
con su rumor de la noche
y su lucero del alba;
abejitas del recuerdo,
enamoradas
del malvón de los balcones
y del sol de tu guitarra.
Coplas, coplas y más coplas,
cinturita de la escarcha ,
conversación del vecino
que se ha lavado la cara,
corona de higuera, patio
con mate, bailongo y parra.
Coplas, coplas y más coplas.
¡Qué lindo el jazmín pintado
de púrpura, en la memoria!
1
-Oiga,che, hágase a un lao
que pasa con su magnolia, el tango.
Ah Juan Tango, Juan Tango, no te fíes
del que te llama “hermano” en sus sermones
y te endilga retórica de paja
en discursos ramplones.
No te fíes, Juan Tango, no te fíes;
ponte los pantalones,
saca a lucir tu pecho de jazmines,
el malvón de tu nombre,
tu corazón de pájaro de barro,
tu sonrisa de cobre,
sin olvidar que tienes en tus hombros
el cielo de los pobres.
No te fíes, Juan Tango, no te fíes;
ponte a servir al hombre
que tienes en los huesos
y en las voces que airean tus canciones.
2
Preséntate, Juan Tango,
tal cual eres,
mocito de buzón,
protestón,inocente,
hermano de los pobres
y de la buena gente;
el que no aguanta pulgas
y le baja el copete
al patrón, al burócrata,
al confidente
y al que subiendo al púlpito
invocándote, miente.
Prséntate, Juan Tango,
levantada la frente;
convérsalos
mostrándoles los dientes;
diles que en tu guitarra
ha madurado, alegre,
la copla de la calle
que no se vende;
calle del pan –rompesuelas-,
de la vida y de la muerte.
3
Tango, tanguito de ayer
-compadrito de mi flor-
¡qien te ha visto y quien te ve!
No te estires, Juan Tango,
no te estires;
tú no eres un burgués,
tampoco un pobre diablo
que vuelca su tristeza en un café.
Eres siempre, tú mismo, el que conozco
¡un hombre sin revés!
4
-Échese el resto, compadre,
no se me quede con ganas;
al canto de ¡envido!, ¡truco
de madrugada!
-No por mucho madrugar
Se amanece más temprano.
-Pero el que pega primero
compadre, va ventajeando.
No aventajes, Juan Tango,
no aventajes;
desprecia al funcionario,
al juez, al intendente,
al empresario
que han zurcido tu historia
en los prontuarios.
Castígalos, Juan Tango,
con las voces
del filo de tu canto.
Díles que tu baraja
no es un “naipe marcado”
y que tampoco corres
al caballo
que arrima los boletos
del comisario;
diles que las apuestas
las ganas con tu brazos
y en el aire de tu frente
en el trabajo.
Diles que tú eres Pueblo,
rebelde, insobornable, ¡bien plantado!
5
Tú no eres un Juan Malevo
de utilería,
sino la mala palabra
pura, fresca,honrada, limpia;
suncho de luna, tirado
en un zaguán de la orilla;
fruto de tapia, laguna,
Juan de la Noche en la esquina
pelada, sin un farol
y entre las sombras, caída;
te llamabas “El Morocho”,
“Pie de Seda”, “Lagartija”;
te apedillaba tu barrio
y el carozo de tu hombría.
6
-Soy gringo y creameló,
En sucedidos y sueños
puse siempre mi pasión.
(Con Juan Tango, el inmigrante
soltó también su paloma
en la canción;
laurel, espiga, rocío
de su voz;
perfume de madreselva
y su acordeón;
frescor sabroso del apio
la cebolla y el carlón,
lechuga, sandía, gajo
de menta, en el corazón).
-Yo, Juan el inmigrante
de tercera,
fundé un barrio en el cielo,
otro en la tierra;
ahora soy como todos
los juanes: el olvido
que se ha quedado solo.
Soy Juan el Albañil.
Soy Juan el Panadero
sin el pan, sin la casa
y sin el féretro;
cuando cerré los ojos
nadie vino a mi entierro.
Sin embargo –esto es cierto-,
soy el Juan que ha nacido
con Juan Tango en el Pueblo.
7
Coplas, coplas y más coplas
para el andar de Juan Tango
-gorrioncito de la calle
que brinca, alegre, en mi canto;
amor de trenzas al viento
en la cortada del barrio;
un ¡hasta luego, pebeta!
y un beso roto en los labios.
(Estaba, la noche, estaba
prendidita a tu pollera
de enamorada;
eras la flor del barrio,
la quinceañera
pelusita de durazno,
hilo de oro, hilo de seda.
Te fuiste (cuando?) una tarde.
Tu recuerdo está en la pena
de Juan Tango y de la calle
que no olvida tu miseria.
Fuiste del sueño la novia
con tu nombre en una tapia
y en la letra de una copla).
Hilo de oro, hilo de seda,
miel en la boca
¡pelusita quinceañera!
8
Hermosura del recuerdo
-una plaza, mi cigarro
y la lágrima primera
de mi primer desengaño;
rocío de tardecitas
que se ahogaron
entre ladridos de perros
y un plantón endomingado.
Recuerdo –imagen ahondada
del olvido- que rescato;
espejo del cielo, abierto
en la sonrisa y el llanto,
¡con qué fulgor en mi otoño
luces tus biseles mágicos,
cómo en tu azogue reflejas
de mis sueños, el más alto,
aquel que tiene los ojos
de mi infancia, junto a un charco!
(Viera usted cómo nacía
-dulce paloma del aire-
la poesía;
cardos, sauces, espinillos
y alfalfares de las quintas;
señuelos de mixtos, noria,
de calle a calle guerrilas,
rabonas rodillas sucias,
“corta mano” y calesitas;
viera usted cómo Juan Tango,
que era de barro, quería
sacar pecho, ser el musgo,
la caricia,
el humo que se iba al cielo
y la lámpara del día).
9
Coplas,coplas y más coplas
para entonar la garganta;
aguita fresca del sueño
en la palabra.
Coplas, Juan Tango, y más coplas
del aire que te acompaña
con su rumor de la noche
y su lucero del alba;
abejitas del recuerdo,
enamoradas
del malvón de los balcones
y del sol de tu guitarra.
Coplas, coplas y más coplas,
cinturita de la escarcha ,
conversación del vecino
que se ha lavado la cara,
corona de higuera, patio
con mate, bailongo y parra.
Coplas, coplas y más coplas.
¡Qué lindo el jazmín pintado
de púrpura, en la memoria!
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domingo, 24 de mayo de 2009
Portogalo José
Juan Tango
Juan Tango, ¡qué hermosura
la palabra vereda,
lagartija,organito,
macanudo, pebeta!
Juan Tango, un lagrimón
de gringo en la cantina;
Juan Tango, la habanera;
Juan Tango, la milonga;
chiquilín retobado
de rodillas pelado
y una lágrima rota.
Juan Tango, analfabeto,
y una mala palabra
en el rocío.
Levántate del barro,
Juan Tango, hasta mi boca;
dime tu madreselva,
tu galpón de la “Vasca”,
tu almacén “El Buen Trato”,
tu café “La Paloma”,
tu academia sin libros,
tu experiencia
con pájaros de cardo
y un abrojo.
(Fabriquera,
mechera,cigarrera,
milonguera y la luna
oxidada en tu ojera).
Juan Tango, un acordeón,
un trapo, la miseria
tirada en un baldío
entre las ranas
y un cerquito de alambre
con nísperos y peras.
Juan Tango, pastería,
comité, conventillo,
ta-te-ti ciudadano
de la pobretería
que me ahoga de gritos,
de medallas de sangre
y de protesta.
Juan Tango, no te mientas.
Eres de abajo, grita;
despierta, sueña, vive
tu mañana.
Sube hasta mí, contesta
por mi voz, por mis ojos,
por mis venas,
que tú vienes cantando,
mirando el infinito,
las estrellas
y el mundo de mi infancia
que te exalta,
caballito de escoba,
enredadera.
Juan Tango, ¡qué hermosura
la palabra vereda,
lagartija,organito,
macanudo, pebeta!
Juan Tango, un lagrimón
de gringo en la cantina;
Juan Tango, la habanera;
Juan Tango, la milonga;
chiquilín retobado
de rodillas pelado
y una lágrima rota.
Juan Tango, analfabeto,
y una mala palabra
en el rocío.
Levántate del barro,
Juan Tango, hasta mi boca;
dime tu madreselva,
tu galpón de la “Vasca”,
tu almacén “El Buen Trato”,
tu café “La Paloma”,
tu academia sin libros,
tu experiencia
con pájaros de cardo
y un abrojo.
(Fabriquera,
mechera,cigarrera,
milonguera y la luna
oxidada en tu ojera).
Juan Tango, un acordeón,
un trapo, la miseria
tirada en un baldío
entre las ranas
y un cerquito de alambre
con nísperos y peras.
Juan Tango, pastería,
comité, conventillo,
ta-te-ti ciudadano
de la pobretería
que me ahoga de gritos,
de medallas de sangre
y de protesta.
Juan Tango, no te mientas.
Eres de abajo, grita;
despierta, sueña, vive
tu mañana.
Sube hasta mí, contesta
por mi voz, por mis ojos,
por mis venas,
que tú vienes cantando,
mirando el infinito,
las estrellas
y el mundo de mi infancia
que te exalta,
caballito de escoba,
enredadera.
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Portogalo José
Dicen que fue...
Dicen que fue en las calles
de la Boca, o en Palermo;
otros, que en los corrales,
la Batería o San telmo.
Pero, amigo, a mí se me hace
que el tango nació en el mismo
corazón de Buenos Aires.
¿Cómo? ¿Cuándo? ¿De qué sitio?
No le hace; deje que digan
cualquier cosa; pero sepa
que nació pisando ortigas,
echando pecho, aplomado,
con una estrella en la frente
y un silbo como de pájaro.
Lo adivino en una esquina
o en el “Barrio de las Ranas”;
salir de la noche al alba
y entrar, sin pedir permiso,
hasta el patio de mi casa
y aclarar su melodía
de aluvión, en mi garganta.
Lo acunaron los galpones
-puñalito en la cintura-;
lo bailó el “Misto” de Flores,
y Rosaura, “La Ricura”;
un guapo de Balvanera
fermentó su levadura;
lo acarició en sus polleras
la “tanita” Carmelucha;
el “Vasco” Aín, en Europa,
deshilvanó sus costuras;
peinó su melena al medio
el estulero “Pavura”
y “El Mosquito”, en mi vereda,
lo ajazminó con la luna.
Le iniciaron su hilacha
“Chacarita”, “La Maleva”,
“La Lora”, Méndez, “El Tarta”
y hasta yo, en mi adolescencia,
cuando apenas su apellido
en mi barrio deletreaba.
Ahora con él converso
para darle gusto al alma
y llevarlo entre mis huesos
tuteándolo en mi palabra,
en el silbido, el silencio
y en el paso de mi infancia.
Amigo, vaya sabiendo;
su presencia está enterita
sin acta de nacimiento
y sin bautismo, en la vida;
camina, respira hondo
alza los hombros, delira;
tiene del pueblo su nombre,
su amargura, su alegría
y aquel cielo de baldío
que da fulgor a sus días
vividos entre los sapos
y los juncos de la orilla.
Con Celedonio Flores subió al cielo;
a un Papa rezongón le guiñó un ojo
y lo dejó de cama chupándose los dedos,
soñando con los ángeles del barro
de mi andurrial porteño.
Dicen que fue en las calles
de la Boca, o en Palermo;
otros, que en los corrales,
la Batería o San telmo.
Pero, amigo, a mí se me hace
que el tango nació en el mismo
corazón de Buenos Aires.
¿Cómo? ¿Cuándo? ¿De qué sitio?
No le hace; deje que digan
cualquier cosa; pero sepa
que nació pisando ortigas,
echando pecho, aplomado,
con una estrella en la frente
y un silbo como de pájaro.
Lo adivino en una esquina
o en el “Barrio de las Ranas”;
salir de la noche al alba
y entrar, sin pedir permiso,
hasta el patio de mi casa
y aclarar su melodía
de aluvión, en mi garganta.
Lo acunaron los galpones
-puñalito en la cintura-;
lo bailó el “Misto” de Flores,
y Rosaura, “La Ricura”;
un guapo de Balvanera
fermentó su levadura;
lo acarició en sus polleras
la “tanita” Carmelucha;
el “Vasco” Aín, en Europa,
deshilvanó sus costuras;
peinó su melena al medio
el estulero “Pavura”
y “El Mosquito”, en mi vereda,
lo ajazminó con la luna.
Le iniciaron su hilacha
“Chacarita”, “La Maleva”,
“La Lora”, Méndez, “El Tarta”
y hasta yo, en mi adolescencia,
cuando apenas su apellido
en mi barrio deletreaba.
Ahora con él converso
para darle gusto al alma
y llevarlo entre mis huesos
tuteándolo en mi palabra,
en el silbido, el silencio
y en el paso de mi infancia.
Amigo, vaya sabiendo;
su presencia está enterita
sin acta de nacimiento
y sin bautismo, en la vida;
camina, respira hondo
alza los hombros, delira;
tiene del pueblo su nombre,
su amargura, su alegría
y aquel cielo de baldío
que da fulgor a sus días
vividos entre los sapos
y los juncos de la orilla.
Con Celedonio Flores subió al cielo;
a un Papa rezongón le guiñó un ojo
y lo dejó de cama chupándose los dedos,
soñando con los ángeles del barro
de mi andurrial porteño.
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Portogalo José
Juan Tango no te achiques.
Estás en mi garganta,
en mi pecho de musgo,
en mi día, en mi noche
y en mi flor de la escarcha
que empurpura tu lengua.
Del barro eres del barro.
Del sueño eres del sueño.
Del mundo eres del mundo.
Del aire eres del aire.
Del viento eres del viento.
-Repítete, y levanta
tu cabeza en el viento.
II
Juan Tango, estrella de oro entre mis yemas,
río de libertad, pan de mi sangre,
corola, hoguera, lámpara de azufre,
paso de niebla, espuma verde, ráfaga
de pájaro en mis sienes.
No te mientas, Juan Tango, no te mientas.
Eres de abajo, grita conmigo ¡soy de abajo!
III
Juan Tango, mariposa,
Rumor de pluma, ramo
de jazmines, abeja
subversiva, morada
de mi llanto, mi risa
y mi palabra.
Bandoneón, mi otro sueño
que contigo repite
¡soy del pueblo!
-Repítete, Juan Tango,
¡soy del pueblo!
Estás en mi garganta,
en mi pecho de musgo,
en mi día, en mi noche
y en mi flor de la escarcha
que empurpura tu lengua.
Del barro eres del barro.
Del sueño eres del sueño.
Del mundo eres del mundo.
Del aire eres del aire.
Del viento eres del viento.
-Repítete, y levanta
tu cabeza en el viento.
II
Juan Tango, estrella de oro entre mis yemas,
río de libertad, pan de mi sangre,
corola, hoguera, lámpara de azufre,
paso de niebla, espuma verde, ráfaga
de pájaro en mis sienes.
No te mientas, Juan Tango, no te mientas.
Eres de abajo, grita conmigo ¡soy de abajo!
III
Juan Tango, mariposa,
Rumor de pluma, ramo
de jazmines, abeja
subversiva, morada
de mi llanto, mi risa
y mi palabra.
Bandoneón, mi otro sueño
que contigo repite
¡soy del pueblo!
-Repítete, Juan Tango,
¡soy del pueblo!
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Portogalo José
Los pájaros ciegos
Doménico Scalise,
italiano del sur de la península,
pescador, albañil, peón en una chacra
y silbador de tangos en mi barrio.
(Villa Ortúzar entonces nacía en una esquina.
Acordeón de los patios perfumaba sus tardes,
guitarra bolichera su noche de las quintas,
una plaza soñaba, confiada, entre gorriones
y pibes que encontraban su destino en la calle.)
Cuando vine a estas tierras era un niño,
tenía un cielo de oro en las espaldas
y un pájaro en los ojos.
Un día llegué al sueño. Desde entonces
reposo en una fosa golpeado por la lluvia,
por los vientos australes y la nieve.
Cavé mi propia tumba
y al levantar los brazos miré al cielo gritando
¡viva la libertad!
Un proyectil de máuser agujereó mi frente.
Pero no he muerto, sigo respirando en el mundo.
Mi ceniza es del pueblo.
2
Fermín Aguirre, hermano del jilguero. .
Desde gurí, descalzo, sin letras, con un silbo,
soñé junto a la orilla del río con el cielo.
Fui tropero después. Bajo la Cruz del Sur
arrimé a mi cansancio la vigilia del sueño.
Y fui además galope, temblor de brisa suelta,
incendiado de parvas y eucaliptos
con los cantos del gallo sobre el hombro.
Los pájaros venían de las nubes
-calandrias que orquestaban todo el rumor del alba,
y estaba el colibrí como un relámpago
y el zorzal con su cofre de cristal y rocío,
también estaba el mirlo con su carbón de plumas
y el cardenal, arisco, de púrpura y ceniza-.
La tarde, mi hermanita desnuda entre los cardos,
traía el corazón de las cigarras,
el sauce su pobreza
de pescador confiado en el milagro,
la noche sus harapos de vieja en los caminos.
Mi voz era la brasa de una copla
con desvelo de pueblo en la guitarra
y un saludo efusivo de boliche y galpones.
Chingolito celeste latía mi palabra.
Un día dije: -Amigos, el trigo está en mis manos,
es mío y me lo roban con sus dientes la máquina,
los silos, las planillas, las bolsas, los anteojos
y aquel «Prívate», espeso cubil de oro podrido.
(Entonces eran míos tan sólo la distancia,
el aire, el mate amargo, la hermosura del cielo;
tenía por almohada las ortigas,
por sábana los trapos de la noche al sereno
y por amor la copla de mis penas.)
Cuando dije «la tierra es mía, es tuya»,
alguien quebró mi voz. Ya no estaba en el día
chingolito celeste, mi palabra.
Unas gotas de sangre, amontonadas,
mojaban mi cabeza entre los yuyos.
Mi epitafio es un trébol que sonríe en el campo.
3
Fue una tarde, en octubre.
La primavera entonces lucía entre los árboles
sus primeros fulgores.
Los gorriones, tan díscolos, llegaban a la fuente,
se mojaban el pico, sacudían las alas
y luego recortaban el aire con su vuelo.
El cielo estaba azul sobre la plaza,
se paseaba, inocente, en los canteros
y soñaba, después entre las hojas.
Alguien gritó:
¡viva libertad!
Junto a un charco de sangre estaba yo.
Yo Juan Pérez, asturiano, profesión panadero,
veinte años de Argentina, con tres hijos,
un río de esperanza entre mis manos,
el corazón del mundo en mi garganta
y una copla en mi pecho.
La primavera, ciega, se amontonó en mi sangre.
Desde entonces mi copla perdura entre los pájaros.
4
Viene el aire y pregunta:
-¿Quién eres tú?
La tierra que me alberga, contesta:
-Es un adolescente, asesinado
hace ya cuatro décadas y media, en una calle.
Tenía madre, padre, hermanos y un oficio.
Era digno y resuelto como un pájaro.
También era muy pobre. Sin embargo, reía
con esa risa fresca de los niños
que aman el corazón de la mañana,
la aventura, los grillos y las locomotoras
que dan el horizonte en sus silbatos.
Era igual que una ráfaga. Su vida,
esparcida entre amigos, traía una bandera
de pan, de manos sueltas, de voces fraternales.
Su vida era un saludo de campana y de hoguera,
cordial como esa música de acordeón en la noche.
Su escudo era el escoplo, la garlopa y la gubia.
Quería a una muchacha con el nombre de un sueño
y al cielo que en su barrio tuteaba a las palomas,
el agua de los charcos,
las veredas, el cerco, la casa de los pobres.
Un primero de mayo, mil novecientos nueve,
un proyectil de máuser
lo tumbó sobre el barro de Céspedes,
esquina Álvarez Thomas. Se llamaba José.
Su apellido español verdece en un romero.
Viene el aire y pregunta:
-¿Quién eres tú, contesta?
-Apenas soy un hombre. La edad no la recuerdo.
Sólo sé que al nacer, mi padre, con el júbilo
de un muchacho, brindó por mi llegada.
Creo que lleva el nombre de Alem aquella fecha.
Mi destino nació señalado en la pólvora.
Viene el aire y pregunta:
¿Quién eres tú?
La tierra que me alberga, contesta:
-La mañana, infinita, en su tumba fulgura.
5
En la fosa común, aislado, entre los yuyos,
no sé qué haré, desnudo, con esta muerte mía
que cabe en una flor.
(Al paso de pesados camiones de lecheros
y de la madrugada que llega de las quintas,
me acerco a aquellos días infancia olvidada
nacida de repente en un baldío).
Estoy solo, gritando, en una esquina,
peleándome la voz como un pájaro ciego.
La mañana venía cargada de gorriones,
de tranvías, chirriantes, con rumor de mercados,
de suburbio, bostezo, blasfemias y silbidos
que traían un sueño de muchacha o la imagen
de un corazón que ríe, silencioso, en un beso.
Alguien compraba un diario.
Me daba su chirola de sonrisas un viejo,
su grito un vigilante mal dormido,
su mano el sol cordial tenido en la vereda.
La noche, una madrastra, me cerraba los párpados,
sus estrellas caían en mí como una colcha;
también el viento, a veces, me cubría las carnes
y hasta un perro llenaba de asombro mi inocencia
-sus ojos, empapados de ternura, fulgían
goteando dulcemente por las lágrimas-
Yo respondía al nombre de Juan o «Pie de vidrio».
Y un día, cara al cielo, quedé sobre el asfalto.
(No tengo otros recuerdos de mi vida de niño.
Y ahora en el osario común, bajo la tierra,
no sé si yo he nacido, ni si esta muerte mía
está en mi corazón, como yo, solitaria.)
Y es este mi epitafio: «Pie de vidrio», un expósito.
Doménico Scalise,
italiano del sur de la península,
pescador, albañil, peón en una chacra
y silbador de tangos en mi barrio.
(Villa Ortúzar entonces nacía en una esquina.
Acordeón de los patios perfumaba sus tardes,
guitarra bolichera su noche de las quintas,
una plaza soñaba, confiada, entre gorriones
y pibes que encontraban su destino en la calle.)
Cuando vine a estas tierras era un niño,
tenía un cielo de oro en las espaldas
y un pájaro en los ojos.
Un día llegué al sueño. Desde entonces
reposo en una fosa golpeado por la lluvia,
por los vientos australes y la nieve.
Cavé mi propia tumba
y al levantar los brazos miré al cielo gritando
¡viva la libertad!
Un proyectil de máuser agujereó mi frente.
Pero no he muerto, sigo respirando en el mundo.
Mi ceniza es del pueblo.
2
Fermín Aguirre, hermano del jilguero. .
Desde gurí, descalzo, sin letras, con un silbo,
soñé junto a la orilla del río con el cielo.
Fui tropero después. Bajo la Cruz del Sur
arrimé a mi cansancio la vigilia del sueño.
Y fui además galope, temblor de brisa suelta,
incendiado de parvas y eucaliptos
con los cantos del gallo sobre el hombro.
Los pájaros venían de las nubes
-calandrias que orquestaban todo el rumor del alba,
y estaba el colibrí como un relámpago
y el zorzal con su cofre de cristal y rocío,
también estaba el mirlo con su carbón de plumas
y el cardenal, arisco, de púrpura y ceniza-.
La tarde, mi hermanita desnuda entre los cardos,
traía el corazón de las cigarras,
el sauce su pobreza
de pescador confiado en el milagro,
la noche sus harapos de vieja en los caminos.
Mi voz era la brasa de una copla
con desvelo de pueblo en la guitarra
y un saludo efusivo de boliche y galpones.
Chingolito celeste latía mi palabra.
Un día dije: -Amigos, el trigo está en mis manos,
es mío y me lo roban con sus dientes la máquina,
los silos, las planillas, las bolsas, los anteojos
y aquel «Prívate», espeso cubil de oro podrido.
(Entonces eran míos tan sólo la distancia,
el aire, el mate amargo, la hermosura del cielo;
tenía por almohada las ortigas,
por sábana los trapos de la noche al sereno
y por amor la copla de mis penas.)
Cuando dije «la tierra es mía, es tuya»,
alguien quebró mi voz. Ya no estaba en el día
chingolito celeste, mi palabra.
Unas gotas de sangre, amontonadas,
mojaban mi cabeza entre los yuyos.
Mi epitafio es un trébol que sonríe en el campo.
3
Fue una tarde, en octubre.
La primavera entonces lucía entre los árboles
sus primeros fulgores.
Los gorriones, tan díscolos, llegaban a la fuente,
se mojaban el pico, sacudían las alas
y luego recortaban el aire con su vuelo.
El cielo estaba azul sobre la plaza,
se paseaba, inocente, en los canteros
y soñaba, después entre las hojas.
Alguien gritó:
¡viva libertad!
Junto a un charco de sangre estaba yo.
Yo Juan Pérez, asturiano, profesión panadero,
veinte años de Argentina, con tres hijos,
un río de esperanza entre mis manos,
el corazón del mundo en mi garganta
y una copla en mi pecho.
La primavera, ciega, se amontonó en mi sangre.
Desde entonces mi copla perdura entre los pájaros.
4
Viene el aire y pregunta:
-¿Quién eres tú?
La tierra que me alberga, contesta:
-Es un adolescente, asesinado
hace ya cuatro décadas y media, en una calle.
Tenía madre, padre, hermanos y un oficio.
Era digno y resuelto como un pájaro.
También era muy pobre. Sin embargo, reía
con esa risa fresca de los niños
que aman el corazón de la mañana,
la aventura, los grillos y las locomotoras
que dan el horizonte en sus silbatos.
Era igual que una ráfaga. Su vida,
esparcida entre amigos, traía una bandera
de pan, de manos sueltas, de voces fraternales.
Su vida era un saludo de campana y de hoguera,
cordial como esa música de acordeón en la noche.
Su escudo era el escoplo, la garlopa y la gubia.
Quería a una muchacha con el nombre de un sueño
y al cielo que en su barrio tuteaba a las palomas,
el agua de los charcos,
las veredas, el cerco, la casa de los pobres.
Un primero de mayo, mil novecientos nueve,
un proyectil de máuser
lo tumbó sobre el barro de Céspedes,
esquina Álvarez Thomas. Se llamaba José.
Su apellido español verdece en un romero.
Viene el aire y pregunta:
-¿Quién eres tú, contesta?
-Apenas soy un hombre. La edad no la recuerdo.
Sólo sé que al nacer, mi padre, con el júbilo
de un muchacho, brindó por mi llegada.
Creo que lleva el nombre de Alem aquella fecha.
Mi destino nació señalado en la pólvora.
Viene el aire y pregunta:
¿Quién eres tú?
La tierra que me alberga, contesta:
-La mañana, infinita, en su tumba fulgura.
5
En la fosa común, aislado, entre los yuyos,
no sé qué haré, desnudo, con esta muerte mía
que cabe en una flor.
(Al paso de pesados camiones de lecheros
y de la madrugada que llega de las quintas,
me acerco a aquellos días infancia olvidada
nacida de repente en un baldío).
Estoy solo, gritando, en una esquina,
peleándome la voz como un pájaro ciego.
La mañana venía cargada de gorriones,
de tranvías, chirriantes, con rumor de mercados,
de suburbio, bostezo, blasfemias y silbidos
que traían un sueño de muchacha o la imagen
de un corazón que ríe, silencioso, en un beso.
Alguien compraba un diario.
Me daba su chirola de sonrisas un viejo,
su grito un vigilante mal dormido,
su mano el sol cordial tenido en la vereda.
La noche, una madrastra, me cerraba los párpados,
sus estrellas caían en mí como una colcha;
también el viento, a veces, me cubría las carnes
y hasta un perro llenaba de asombro mi inocencia
-sus ojos, empapados de ternura, fulgían
goteando dulcemente por las lágrimas-
Yo respondía al nombre de Juan o «Pie de vidrio».
Y un día, cara al cielo, quedé sobre el asfalto.
(No tengo otros recuerdos de mi vida de niño.
Y ahora en el osario común, bajo la tierra,
no sé si yo he nacido, ni si esta muerte mía
está en mi corazón, como yo, solitaria.)
Y es este mi epitafio: «Pie de vidrio», un expósito.
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b2i-Jose-Portolago
Portogalo José
Poema a Carl Sandburg
..."Y las sargas anónimas de los hombres oscuros
que pelean a brazo partido con la vida
y en profundas calles de extramuros
sufren su humillación como una herida"
César Tiempo
Cómo me alegraría, mi querido Sandburg, que estuvieras aquí,
a nuestro lado, junto a esta verja que da a una calle opaca
y sin chicos que la embarullen como a la calle de los pobres,
hoy que el frío nos agarrota los dedos,
nos humedece la punta de la nariz como a la de los borrachos.
Cantaríamos juntos, mi querido Sandburg, la canción del trotacalles.
Ya los lecheros han dejado sus botellas en los jardines silenciosos
-frágiles y sin arrugas como jardines de calcomanía-.
Por eso me acuerdo de ti cuando oigo sus carros percudir el silencio
que se tiende feliz sobre la calle opaca.
El sol insiste en no tirarnos su bufanda de lumbre para calentarnos
y el aire es tan frío y delgado que nos penetra y duele como un grito.
Atrás de los párpados de las ventanas duermen los millonarios y sueñan.
¿Qué soñarán los millonarios en las mañanas de invierno?
Dime, Sandburg, ¿qué soñarán los millonarios de todo el mundo?
Y sus hijos, ¿qué soñarán en sus cajitas de sorpresa?
Cómo me gustaría haberme hallado en tus años
junto a tus manos pesadas, ásperas, violentas,
porque con ellas has hecho todos los oficios -como yo- y has escrito poemas;
has volteado los vasos en las tabernas
riendo con una risa fuerte de bebedor de whisky y de guapo;
has peleado con los patrones, los porteros, los choferes
y has acariciado los muslos de una muchacha querida para soñar.
¿Qué soñarías en las mañanas de invierno?
Dime, Sandburg, ¿qué soñarías sobre tu carro de repartidor de leche?
-Ah, pero yo soy pintor y nada remedio con estas interrogaciones
mientras mis compañeros lijan los barrotes de la verja
que van como lenguas al cielo para evadirse de la soledad.
Me subiría a tu carro de lechero, de trotamundos, de abremalezas;
arrancaríamos el poema de la urbe
- caliente como raíz o el seno de una madre-
para agriarnos la voz
y blasfemar como los italianos frente a los mercados,
viendo cómo les roban la plata a los pobres turcos y a los pobres judíos
y cómo "levantan" los bultos de los carros y de las veredas
los truhanes que ya han comprado los ojos del vigilante y los del cuidador.
Y con Masters, el masticador de tabaco y amigo de los obreros,
y con Anderson, que antes que millonario prefirió ser poeta,
nos iríamos a mi suburbio, allí donde creció mi infancia
y gané los primeros coscorrones y los primeros centavos
y paladié el sabor de las primeras palabras sucias que no mancharon mi alma;
donde conocí a la única mujer que me quiso
y donde estoy ahora apelotonado como un trasto viejo
vendiendo cara mi vida y mis sueños por la porquería de un jornal.
Nos iríamos Sandburg, a mi suburbio
para acechar la llegada de los vendedores de diarios
-esos ángeles pringosos que me parten el corazón con sus gritos-
cuando el canto de los gorriones hace boquetes en el aire
y el vozarrón de los gallos se riza como una viruta
en ese minuto en que las prostitutas cierran los ojos y sueñan.
¿Qué soñarán las prostitutas en las mañanas de invierno?
Dime, Sandburg, ¿qué soñarán esas mujeres
de palabras duras como sus vidas y frías como sus labios
que no queremos pero en cuyas orillas
hincamos nuestra soledad para habitarla de imágenes?
-Ah, pero yo soy pintor y nada remedio con estas interrogaciones
mientras mis compañeros lijan los barrotes de la verja,
y pienso que no tengo muchacha para acariciarle los muslos
porque el jornal no me sobra y la pobreza me asedia
como el frío de esta mañana de invierno
en que el sol insiste en no tirarnos su bufanda de lumbre para calentarnos.
..."Y las sargas anónimas de los hombres oscuros
que pelean a brazo partido con la vida
y en profundas calles de extramuros
sufren su humillación como una herida"
César Tiempo
Cómo me alegraría, mi querido Sandburg, que estuvieras aquí,
a nuestro lado, junto a esta verja que da a una calle opaca
y sin chicos que la embarullen como a la calle de los pobres,
hoy que el frío nos agarrota los dedos,
nos humedece la punta de la nariz como a la de los borrachos.
Cantaríamos juntos, mi querido Sandburg, la canción del trotacalles.
Ya los lecheros han dejado sus botellas en los jardines silenciosos
-frágiles y sin arrugas como jardines de calcomanía-.
Por eso me acuerdo de ti cuando oigo sus carros percudir el silencio
que se tiende feliz sobre la calle opaca.
El sol insiste en no tirarnos su bufanda de lumbre para calentarnos
y el aire es tan frío y delgado que nos penetra y duele como un grito.
Atrás de los párpados de las ventanas duermen los millonarios y sueñan.
¿Qué soñarán los millonarios en las mañanas de invierno?
Dime, Sandburg, ¿qué soñarán los millonarios de todo el mundo?
Y sus hijos, ¿qué soñarán en sus cajitas de sorpresa?
Cómo me gustaría haberme hallado en tus años
junto a tus manos pesadas, ásperas, violentas,
porque con ellas has hecho todos los oficios -como yo- y has escrito poemas;
has volteado los vasos en las tabernas
riendo con una risa fuerte de bebedor de whisky y de guapo;
has peleado con los patrones, los porteros, los choferes
y has acariciado los muslos de una muchacha querida para soñar.
¿Qué soñarías en las mañanas de invierno?
Dime, Sandburg, ¿qué soñarías sobre tu carro de repartidor de leche?
-Ah, pero yo soy pintor y nada remedio con estas interrogaciones
mientras mis compañeros lijan los barrotes de la verja
que van como lenguas al cielo para evadirse de la soledad.
Me subiría a tu carro de lechero, de trotamundos, de abremalezas;
arrancaríamos el poema de la urbe
- caliente como raíz o el seno de una madre-
para agriarnos la voz
y blasfemar como los italianos frente a los mercados,
viendo cómo les roban la plata a los pobres turcos y a los pobres judíos
y cómo "levantan" los bultos de los carros y de las veredas
los truhanes que ya han comprado los ojos del vigilante y los del cuidador.
Y con Masters, el masticador de tabaco y amigo de los obreros,
y con Anderson, que antes que millonario prefirió ser poeta,
nos iríamos a mi suburbio, allí donde creció mi infancia
y gané los primeros coscorrones y los primeros centavos
y paladié el sabor de las primeras palabras sucias que no mancharon mi alma;
donde conocí a la única mujer que me quiso
y donde estoy ahora apelotonado como un trasto viejo
vendiendo cara mi vida y mis sueños por la porquería de un jornal.
Nos iríamos Sandburg, a mi suburbio
para acechar la llegada de los vendedores de diarios
-esos ángeles pringosos que me parten el corazón con sus gritos-
cuando el canto de los gorriones hace boquetes en el aire
y el vozarrón de los gallos se riza como una viruta
en ese minuto en que las prostitutas cierran los ojos y sueñan.
¿Qué soñarán las prostitutas en las mañanas de invierno?
Dime, Sandburg, ¿qué soñarán esas mujeres
de palabras duras como sus vidas y frías como sus labios
que no queremos pero en cuyas orillas
hincamos nuestra soledad para habitarla de imágenes?
-Ah, pero yo soy pintor y nada remedio con estas interrogaciones
mientras mis compañeros lijan los barrotes de la verja,
y pienso que no tengo muchacha para acariciarle los muslos
porque el jornal no me sobra y la pobreza me asedia
como el frío de esta mañana de invierno
en que el sol insiste en no tirarnos su bufanda de lumbre para calentarnos.
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b2i-Jose-Portolago
Portogalo José
Un poema a las 6 de la mañana
Podría cantar la desalquilada vigilia de las prostitutas,
el motín callejero de los gorriones en la urbe.
de mis manos inválidas, de mis pies doloridos,
Pero el canto de un gallo
que abre la mañana con los dedos de un ángel sin aureola,
suena en mi corazón -íntimamente-
y en mi sangre
alza su tono de armónica meridional
para recordarme que soy un hombre huérfano en mi ciudad.
Mi ciudad: La de las grandes riquezas y las grandes miserias.
La de los grandes chantajistas de guantes color patito:
Gerentes de banco. Presidentes de asociaciones patrióticas:
Directores de grandes rotativos. Críticos de Arte. Periodistas.
Urruchúa los pintaría con una ganzúa en los labios
y el alma junto a tu voz que enrula un tango de Filiberto.
Sé que me querrías si te hablara de amor,
aunque te desangres diez horas en una fabrica de tejidos
y sufres el asedio de un gerente mulato
-oblicuo como la sombra de una pared a media noche-
Porque tú necesitas un hombre, amiga, y yo necesito una mujer.
Podría cantar la desalquilada vigilia de las prostitutas,
el motín callejero de los gorriones en la urbe.
de mis manos inválidas, de mis pies doloridos,
Pero el canto de un gallo
que abre la mañana con los dedos de un ángel sin aureola,
suena en mi corazón -íntimamente-
y en mi sangre
alza su tono de armónica meridional
para recordarme que soy un hombre huérfano en mi ciudad.
Mi ciudad: La de las grandes riquezas y las grandes miserias.
La de los grandes chantajistas de guantes color patito:
Gerentes de banco. Presidentes de asociaciones patrióticas:
Directores de grandes rotativos. Críticos de Arte. Periodistas.
Urruchúa los pintaría con una ganzúa en los labios
y el alma junto a tu voz que enrula un tango de Filiberto.
Sé que me querrías si te hablara de amor,
aunque te desangres diez horas en una fabrica de tejidos
y sufres el asedio de un gerente mulato
-oblicuo como la sombra de una pared a media noche-
Porque tú necesitas un hombre, amiga, y yo necesito una mujer.
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b2i-Jose-Portolago
Portogalo José
Film
Una vez a Nemo, "el ángel" le rompí la cabeza de un hondazo.
Yo tenía diez años y un corazón violento como mis malas palabras.
Y una voz agria y dura que sabía colarse en los tranvías
y dar vueltas en las barrancas de Belgrano seguida por los guardianes.
El era un niño rubio y manso dejado de la mano de Dios.
Y hasta tenía los ojos húmedos de un galgo que lame las manos del castigo.
Pactaba con medallitas de lata y se regía por una oración.
Y jamás se le ocurría pensar que a las muchachas había que poseerlas.
Pero éramos camaradas.
Yo con mi afán de romperlo todo. De socavarlo todo.
Hasta las lenguas grasosas del Río de la Plata en días de rabona.
Con mi lujosa agresividad de niño aceptada en rueda de mayores.
Con mi inocencia zumbona de pantaloncitos rotos en el traste.
Con mi alegría salvaje que tuteaba a las "señoritas".
En Echeverría y 11 de setiembre le lustraba los ojos a mi infancia.
Entre el olor y el sabor de la mañana sentada sobre mis rodillas
sacaba mi corazón y en mis manos se lo daba de comer a los gorriones.
Esto hacía gruñir a los ingleses de piernas de palo y voz de vidrios rotos.
Pero mi honda lograba frustrar el servilismo de los porteros.
y el corazón salía ileso porque era puro como la pepita de un carozo.
Entonces yo estaba enamorado de Perla White y de mi maestra de 3er. grado.
Me gustaban los ojos oscuros y las pestañas rizadas de Pola Negri.
Y tenía una novia a quien le relataba las aventuras de Sandokán.
Se llamaba Pola Morera y era linda como la estampa de un libro.
Por ella quería ser William S. Hart o el capitán de "La amenaza oculta".
A mi novia le gustaban los ojos de acero de los cowboys de las películas
y me llamaba su pequeño soldadito invasor.
Porque mi voz agria y dura dolía como una pedrada
y siempre tenía los puños listos para trizar narices.
El, con su dulzura de arcángel bajo los cornizones
en una mañana de primavera de cielo verde nube y de cartón,
yo, con mi hisopo flamígero encendiendo las mejillas de las muchachas
en una barricada de guerrillero de barrio.
Hoy Nemo "el ángel" anda por las plazas de Buenos Aires
y predica el salvacionismo con voz de Biblia y un tajo en la cabeza.
A veces se acompaña de un órgano y dice que ve a Dios sobre los árboles
y a Cristo sobre las aguas sucias del pecado con intención de lavarlas.
Pero yo sólo sé que Nemo "el ángel" es corredor de retratos.
Una vez a Nemo, "el ángel" le rompí la cabeza de un hondazo.
Yo tenía diez años y un corazón violento como mis malas palabras.
Y una voz agria y dura que sabía colarse en los tranvías
y dar vueltas en las barrancas de Belgrano seguida por los guardianes.
El era un niño rubio y manso dejado de la mano de Dios.
Y hasta tenía los ojos húmedos de un galgo que lame las manos del castigo.
Pactaba con medallitas de lata y se regía por una oración.
Y jamás se le ocurría pensar que a las muchachas había que poseerlas.
Pero éramos camaradas.
Yo con mi afán de romperlo todo. De socavarlo todo.
Hasta las lenguas grasosas del Río de la Plata en días de rabona.
Con mi lujosa agresividad de niño aceptada en rueda de mayores.
Con mi inocencia zumbona de pantaloncitos rotos en el traste.
Con mi alegría salvaje que tuteaba a las "señoritas".
En Echeverría y 11 de setiembre le lustraba los ojos a mi infancia.
Entre el olor y el sabor de la mañana sentada sobre mis rodillas
sacaba mi corazón y en mis manos se lo daba de comer a los gorriones.
Esto hacía gruñir a los ingleses de piernas de palo y voz de vidrios rotos.
Pero mi honda lograba frustrar el servilismo de los porteros.
y el corazón salía ileso porque era puro como la pepita de un carozo.
Entonces yo estaba enamorado de Perla White y de mi maestra de 3er. grado.
Me gustaban los ojos oscuros y las pestañas rizadas de Pola Negri.
Y tenía una novia a quien le relataba las aventuras de Sandokán.
Se llamaba Pola Morera y era linda como la estampa de un libro.
Por ella quería ser William S. Hart o el capitán de "La amenaza oculta".
A mi novia le gustaban los ojos de acero de los cowboys de las películas
y me llamaba su pequeño soldadito invasor.
Porque mi voz agria y dura dolía como una pedrada
y siempre tenía los puños listos para trizar narices.
El, con su dulzura de arcángel bajo los cornizones
en una mañana de primavera de cielo verde nube y de cartón,
yo, con mi hisopo flamígero encendiendo las mejillas de las muchachas
en una barricada de guerrillero de barrio.
Hoy Nemo "el ángel" anda por las plazas de Buenos Aires
y predica el salvacionismo con voz de Biblia y un tajo en la cabeza.
A veces se acompaña de un órgano y dice que ve a Dios sobre los árboles
y a Cristo sobre las aguas sucias del pecado con intención de lavarlas.
Pero yo sólo sé que Nemo "el ángel" es corredor de retratos.
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b2i-Jose-Portolago
Portogalo José
Homenaje a Federico García Lorca
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y ángel.
Pienso que un bosque de estrellas
madura, fiel, en tu sangre.
Oh, Capitán de palomas:
¡qué frío, qué duro el aire!
Y tú mezclado a la tierra
con la raíz de los árboles,
con golondrinas los ojos,
la lengua, acero multánime,
cintura de estrella virgen
entremezclada con sales,
luna y no en los cabellos
y hasta el zapato vibrante.
Ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y arde.
Agrio rumor de cobre agita el canto,
sé de la maldición y del esputo
y al alto mediodía me levanto
desde el grito hasta el odio como un fruto.
De tanto horror de muerte y tanto espanto
oh, corazón, mi corazón de luto,
estoy casi en rodillas por el llanto
y en mí resuena el siglo en un minuto.
Porque así, fermentado en esta muerte
-tu muerte que nos quiebra y que nos liga-
ataco en mí lo inútil y lo inerte.
Sangre de sangre lúcida y fatiga
que en mi propia raíz se nutre y vierte
como en el pan el oro de la espiga.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y ángel.
Potros de fuego que alumbran
como rosas de cristales
-duras crines de rocío,
belfos calientes, humeantes-,
desnudo viento de espadas,
noche ardiendo entre corales
y frío que se amontona
compacto en lejana calle:
con caracoles y grillos,
ordenan, lentos, tu sangre,
mientras que encienden tus venas
como a horizontes los ángeles,
y entre muertes, musgo y piedras,
está de pie tu coraje.
Ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, que niño, y arde.
Así mi voz, hermano, así mi arteria,
así mi sangre tuya en mis rencores:
cielo metalizado en sinsabores,
sol agriado en el pus y la miseria.
Pero también crecido torbellino,
contradicción vital de los gusanos,
fuerza ascendente y limpia donde afino
mi caracol de sienes y de manos.
Muerte que en mí trabaja y se germina
como en la tierra el hueso y la corola
con el sordo clamor de una turbina.
Carnadura terrestre y caracola
de viento y lluvia, estrella y sal marina,
con sangre de pavor y de amapola.
Ay, Capitán de palomas,
Ay, niño, qué niño, y ángel
Ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.
Frente al mundo, reduciendo,
cómo es vivo tu mensaje,
tu poesía, cómo rueda
-mediodía, bosque, calle-,
y qué espantos, qué derrotas,
quisieron asesinarle.
Pero tu muerte no es muerte,
Federico, que es tu sangre
desparramada en el cielo
entre piedras y metales,
arquitectura de mundos
subterráneos, entre mármoles,
y confidencia de voces
de otra edad que ha de nombrarte
como a rocío o a fuego:
laurel eterno en el aire,
en la poesía, la aurora,
y en la guardia de tu sangre,
como a gota de rocío,
como a fuego de coraje.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y arde.
Estrellas rotas y óxido de sierra.
Ya gusano y madera, ya resina.
Ya nos de grisú, de sal y orina:
muerte entre vida y lumbre que se aferra.
Sollozo y grito y párpado y colina,
mecha inconclusa y calcinada tierra,
campanas y ceniza, escombro y guerra,
substancia vegetal y de neblina.
Marfil y leche y pájaro que empluma
y pía y prueba, tímido, su vuelo
entre zonas de pólvora y de espuma.
Sangre vertida y móvil contra el sueño
que al fin calza su pie de sol y bruma
y en afilado envión llega hasta el cielo.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y ángel.
Mitad entraña de tierra,
mitad entraña de aire
y todo revuelto cielo
y todo resuelta sangre,
entero de mediodía,
de alba, de noche y de árboles,
con su candor y su fuerza,
con su poesía y su carne,
entero como la vida
contra el crimen y el cobarde;
él, primavera y bandera,
rosa caliente y coraje.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y arde.
Ya musical, sutil, ya fino y grave.
Perfil de estrella laminando ríos
y entre espesa humareda pecho de ave.
Eres poesía, lámpara de acento,
escolta de marfil, torre y colina
y brazada de grillos entre el viento.
Ya de pie como un canto, que es tu canto,
Jugo vital, de sangre, en movimiento,
guardia de acero y sal de nuestro llanto.
Bronce de cuerda en tenso aire profundo,
bloque de cielo entre ceniza y tierra,
ya laurel matinal naciendo al mundo.
Rosa que cruje como un hueso, entera;
ya luciérnaga viva sobre el alba,
que es lumbre y sueño y mármol de escollera
sobre la noche como un cielo malva
sobre tu sangre como una bandera.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, que niño, y arde,
ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y ángel.
Pienso que un bosque de estrellas
madura, fiel, en tu sangre.
Oh, Capitán de palomas:
¡qué frío, qué duro el aire!
Y tú mezclado a la tierra
con la raíz de los árboles,
con golondrinas los ojos,
la lengua, acero multánime,
cintura de estrella virgen
entremezclada con sales,
luna y no en los cabellos
y hasta el zapato vibrante.
Ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y arde.
Agrio rumor de cobre agita el canto,
sé de la maldición y del esputo
y al alto mediodía me levanto
desde el grito hasta el odio como un fruto.
De tanto horror de muerte y tanto espanto
oh, corazón, mi corazón de luto,
estoy casi en rodillas por el llanto
y en mí resuena el siglo en un minuto.
Porque así, fermentado en esta muerte
-tu muerte que nos quiebra y que nos liga-
ataco en mí lo inútil y lo inerte.
Sangre de sangre lúcida y fatiga
que en mi propia raíz se nutre y vierte
como en el pan el oro de la espiga.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y ángel.
Potros de fuego que alumbran
como rosas de cristales
-duras crines de rocío,
belfos calientes, humeantes-,
desnudo viento de espadas,
noche ardiendo entre corales
y frío que se amontona
compacto en lejana calle:
con caracoles y grillos,
ordenan, lentos, tu sangre,
mientras que encienden tus venas
como a horizontes los ángeles,
y entre muertes, musgo y piedras,
está de pie tu coraje.
Ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, que niño, y arde.
Así mi voz, hermano, así mi arteria,
así mi sangre tuya en mis rencores:
cielo metalizado en sinsabores,
sol agriado en el pus y la miseria.
Pero también crecido torbellino,
contradicción vital de los gusanos,
fuerza ascendente y limpia donde afino
mi caracol de sienes y de manos.
Muerte que en mí trabaja y se germina
como en la tierra el hueso y la corola
con el sordo clamor de una turbina.
Carnadura terrestre y caracola
de viento y lluvia, estrella y sal marina,
con sangre de pavor y de amapola.
Ay, Capitán de palomas,
Ay, niño, qué niño, y ángel
Ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.
Frente al mundo, reduciendo,
cómo es vivo tu mensaje,
tu poesía, cómo rueda
-mediodía, bosque, calle-,
y qué espantos, qué derrotas,
quisieron asesinarle.
Pero tu muerte no es muerte,
Federico, que es tu sangre
desparramada en el cielo
entre piedras y metales,
arquitectura de mundos
subterráneos, entre mármoles,
y confidencia de voces
de otra edad que ha de nombrarte
como a rocío o a fuego:
laurel eterno en el aire,
en la poesía, la aurora,
y en la guardia de tu sangre,
como a gota de rocío,
como a fuego de coraje.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y arde.
Estrellas rotas y óxido de sierra.
Ya gusano y madera, ya resina.
Ya nos de grisú, de sal y orina:
muerte entre vida y lumbre que se aferra.
Sollozo y grito y párpado y colina,
mecha inconclusa y calcinada tierra,
campanas y ceniza, escombro y guerra,
substancia vegetal y de neblina.
Marfil y leche y pájaro que empluma
y pía y prueba, tímido, su vuelo
entre zonas de pólvora y de espuma.
Sangre vertida y móvil contra el sueño
que al fin calza su pie de sol y bruma
y en afilado envión llega hasta el cielo.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y ángel.
Mitad entraña de tierra,
mitad entraña de aire
y todo revuelto cielo
y todo resuelta sangre,
entero de mediodía,
de alba, de noche y de árboles,
con su candor y su fuerza,
con su poesía y su carne,
entero como la vida
contra el crimen y el cobarde;
él, primavera y bandera,
rosa caliente y coraje.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, qué niño, y arde.
Ya musical, sutil, ya fino y grave.
Perfil de estrella laminando ríos
y entre espesa humareda pecho de ave.
Eres poesía, lámpara de acento,
escolta de marfil, torre y colina
y brazada de grillos entre el viento.
Ya de pie como un canto, que es tu canto,
Jugo vital, de sangre, en movimiento,
guardia de acero y sal de nuestro llanto.
Bronce de cuerda en tenso aire profundo,
bloque de cielo entre ceniza y tierra,
ya laurel matinal naciendo al mundo.
Rosa que cruje como un hueso, entera;
ya luciérnaga viva sobre el alba,
que es lumbre y sueño y mármol de escollera
sobre la noche como un cielo malva
sobre tu sangre como una bandera.
Ay, Capitán de palomas,
ay, niño, que niño, y arde,
ay, Federico, qué guardia,
qué guardia la de tu sangre.
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Portogalo José
Las voces
Trabajo sordo, intenso, de palabras oscuras, de uñas amotinadas,
de picos de buitres ávidos sobre mi entraña joven.
No es ésta una Elegía, camaradas.
Es un canto de fuerza que irrumpe en mis arterias
como un torrente turbio de aguas que se desatan.
Yo no soy más que el buzo, el diente del anzuelo, el gancho de la grúa,
y en mi boca se entienden los idiomas del hombre.
Se enroscan en mi lengua, filiales, amorosos,
y allí dictan sus almas densas como una fiebre.
La voz negra destapa un cuerpo milenario.
Trae vientos antiguos que se agitan unánimes.
Con fuerte olor a vida, a cielo, a musgo fresco.
De andar lento, seguro, como el de los rencores.
La voz negra disputa como un sol en los caminos.
No es el viejo lamento, la palabra humillada.
Es la selva que asalta gritando sus deseos.
En la copa del árbol con sus frutos maduros.
La raíz y la piedra con empujes vitales.
Trabajo sordo, intenso, de palabras oscuras, de uñas amotinadas,
de picos de buitres ávidos sobre mi entraña joven.
No es ésta una Elegía, camaradas.
Es un canto de fuerza que irrumpe en mis arterias
como un torrente turbio de aguas que se desatan.
Yo no soy más que el buzo, el diente del anzuelo, el gancho de la grúa,
y en mi boca se entienden los idiomas del hombre.
Se enroscan en mi lengua, filiales, amorosos,
y allí dictan sus almas densas como una fiebre.
La voz negra destapa un cuerpo milenario.
Trae vientos antiguos que se agitan unánimes.
Con fuerte olor a vida, a cielo, a musgo fresco.
De andar lento, seguro, como el de los rencores.
La voz negra disputa como un sol en los caminos.
No es el viejo lamento, la palabra humillada.
Es la selva que asalta gritando sus deseos.
En la copa del árbol con sus frutos maduros.
La raíz y la piedra con empujes vitales.
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b2i-Jose-Portolago
Portogalo José
Asaltamos el alba a tiro limpio
Ramón Sender
Me trepan los insultos -mareas numerosas-
como trepan los hijos al cariño de un hombre.
Tengo las ansias llenas de ganarme en un grito.
Grito: ¡La vida es nuestra! y abro los horizontes.
Puertas de bronce viejo, de hierro remachado,
caerán cuando se agrupen las voces en un puño.
Hombres desvencijados, de espaldas a la vida:
así dancen las balas no serán de este mundo.
A los calvos de ideas, con sangre de pantano,
a los viejos que ensucian las palabras más altas,
les hago una advertencia: conmigo están los brazos
de aquellos que arrancaron de sus ojos las lágrimas.
La humildad -ese viejo mascarón- no hará suya
nuestra carne que es nudo de un clamor que echa ramas
y en sus climas oscuros, como a un árbol raíces,
nutren de savia pura los cuencos de su entraña.
Y ¡guay! del que esté en contra de nosotros, los pobres,
esos ríos de sangre, silenciosos y lentos,
que bajan hasta el pozo más hondo de la tierra,
que suben hasta el límite más alto de los cielos.
La vida es de nosotros los que hacemos la vida
a gotas de sudor, de ímpetu, de fuerza
y que jamás o nunca tenemos una cama
donde cavar la hondura de un vientre en primavera.
Nos vejan, nos explotan, nos reducen a cero,
si agitamos un grito de protesta nos castran.
Nos orinan la baba de un exiguo salario
y nos cuadran en leyes como a burros de carga.
Y hablan de La Piedad, de La Bondad, del Arte,
sacerdotes, artistas, profesores, poetas,
los que en nombre del pueblo se erigen en vigías,
¡esos hijos de puta con almuerzo y con cena!
Ah señor Jesucristo: no queremos tus frases
-panes sin levadura-, magníficas, humanas,
que no son más que frases pero que nos inhiben
y destapan, astutas, nuestros poros de lágrimas.
No queremos tus frases. Yo que vengo de abajo
y que anduve entre obreros con hambre y manos sucias,
que sé lo que es el mundo, este mundo de mierda,
te lo digo derecho: tus palabras son putas.
Al carajo con todas las parábolas bellas.
Al carajo con todos los escrúpulos sordos.
Presentemos las armas proletarios del mundo
y a tiro limpio, firmes, vaciémosles los ojos.
La vida es de nosotros, los que hacemos la vida
a gotas de sudor, de ímpetu, de fuerza,
y que jamás o nunca tenemos una cama
donde cavar la hondura de un vientre en primavera.
Ramón Sender
Me trepan los insultos -mareas numerosas-
como trepan los hijos al cariño de un hombre.
Tengo las ansias llenas de ganarme en un grito.
Grito: ¡La vida es nuestra! y abro los horizontes.
Puertas de bronce viejo, de hierro remachado,
caerán cuando se agrupen las voces en un puño.
Hombres desvencijados, de espaldas a la vida:
así dancen las balas no serán de este mundo.
A los calvos de ideas, con sangre de pantano,
a los viejos que ensucian las palabras más altas,
les hago una advertencia: conmigo están los brazos
de aquellos que arrancaron de sus ojos las lágrimas.
La humildad -ese viejo mascarón- no hará suya
nuestra carne que es nudo de un clamor que echa ramas
y en sus climas oscuros, como a un árbol raíces,
nutren de savia pura los cuencos de su entraña.
Y ¡guay! del que esté en contra de nosotros, los pobres,
esos ríos de sangre, silenciosos y lentos,
que bajan hasta el pozo más hondo de la tierra,
que suben hasta el límite más alto de los cielos.
La vida es de nosotros los que hacemos la vida
a gotas de sudor, de ímpetu, de fuerza
y que jamás o nunca tenemos una cama
donde cavar la hondura de un vientre en primavera.
Nos vejan, nos explotan, nos reducen a cero,
si agitamos un grito de protesta nos castran.
Nos orinan la baba de un exiguo salario
y nos cuadran en leyes como a burros de carga.
Y hablan de La Piedad, de La Bondad, del Arte,
sacerdotes, artistas, profesores, poetas,
los que en nombre del pueblo se erigen en vigías,
¡esos hijos de puta con almuerzo y con cena!
Ah señor Jesucristo: no queremos tus frases
-panes sin levadura-, magníficas, humanas,
que no son más que frases pero que nos inhiben
y destapan, astutas, nuestros poros de lágrimas.
No queremos tus frases. Yo que vengo de abajo
y que anduve entre obreros con hambre y manos sucias,
que sé lo que es el mundo, este mundo de mierda,
te lo digo derecho: tus palabras son putas.
Al carajo con todas las parábolas bellas.
Al carajo con todos los escrúpulos sordos.
Presentemos las armas proletarios del mundo
y a tiro limpio, firmes, vaciémosles los ojos.
La vida es de nosotros, los que hacemos la vida
a gotas de sudor, de ímpetu, de fuerza,
y que jamás o nunca tenemos una cama
donde cavar la hondura de un vientre en primavera.
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Portogalo José
Canto a mi pan
Con pan de mi amor alimenté raíces.
De ráfaga-navío pan de nube
de noche-madrugada pan de trinos
y lágrima de pan de la pobreza.
El pan del vino aguado.
El funerario pan de los rincones.
El pan del ofendido
humillado
abolido.
En pan el pan el pan de los canteros
con el pan de los pájaros de mi alma.
Mi pan dije una vez (oh pan de piedra
trizándome los dientes)
nació del frío denso de los surcos
y del hueso pelado del rocío.
Y había una gaviota iluminada
y una espiga
de cárdeno rumor viva en mis sienes.
Había un cielo efímero
una lluvia
cenicienta y atroz con cicatrices
socavando mis yemas.
Había sin embargo dulzura de pan fresco
de gorrión despeinado de la música
que se nutrió del árbol de mi sangre
con ese ritmo sordo de cigarras
que aturden mi memoria.
Sus plumas custodiaron mis palabras
y su pico el latido de la brisa
sobre mi corazón amotinada.
Vino a mi voz en símbolo clareado
y me dio con el viento el pan insobornable
imbatible
durísimo
del mar con la cuchara de las olas
y el humo del tabaco de mi padre que ha muerto.
Cómo lo conoció mi infancia
definida
en la mejilla aireada del aromo
del abrojo del níspero del pámpano la higuera
y del libro escolar garuado en un baldío.
De pronto salió el pan salió de las arrugas
del labrador con hambre
y de la finca aérea del hornero.
Y yo
salta-alambrados
pierna al aire del aire avispa ronca
y hojaldre de los sueños
"como un ojo que ve claro" pude ver
destellando esplendores
el ojo de la vida
la inocencia del pan
y el encendido soplo de la escarcha
que preanuncia el exilio ante el abismo.
Y diría en fugaces imágenes del vértigo
primavera-gorrión gorrión-verano
y amor hilo de fragua
resplandor
caricia de agua quieta sobre el musgo.
Y mi vocabulario y mi cuaderno
perdido en un galpón
con la locomotora de un tren que nunca olvido.
Y diría también linterna humedecida
armónica herrumbrosa
y mendrugo de pan entre mis vértebras.
De pan-gorrión entonces mi esqueleto
mi barba con espuma mi calvicie
mi fulgurante lengua de pan-gorrión
alígera
y súbita alfarera de mañanas
que ha rodeado mi pecho de júbilo radiante.
Mi pan dije una vez (oh pan reflorecido
del vaho en las colinas)
izó luz infinita pan de gallos
que asea alta la noche los molinos
y el belfo echando azufre de un potro ingobernable.
Y vi cómo del ojo de Éluard amanecía
el ojo que ve claro pan de fuego
y de raudo aletear mi pan de río
mi gorrión-primavera mi semilla
de ese pan rutilante
pan de sol.
Pan de lumbre ganado repartido.
Pan de frente rozando el horizonte.
Pan de hermano de amigo solidario
pan de voz.
Con pan de mi amor alimenté raíces.
De ráfaga-navío pan de nube
de noche-madrugada pan de trinos
y lágrima de pan de la pobreza.
El pan del vino aguado.
El funerario pan de los rincones.
El pan del ofendido
humillado
abolido.
En pan el pan el pan de los canteros
con el pan de los pájaros de mi alma.
Mi pan dije una vez (oh pan de piedra
trizándome los dientes)
nació del frío denso de los surcos
y del hueso pelado del rocío.
Y había una gaviota iluminada
y una espiga
de cárdeno rumor viva en mis sienes.
Había un cielo efímero
una lluvia
cenicienta y atroz con cicatrices
socavando mis yemas.
Había sin embargo dulzura de pan fresco
de gorrión despeinado de la música
que se nutrió del árbol de mi sangre
con ese ritmo sordo de cigarras
que aturden mi memoria.
Sus plumas custodiaron mis palabras
y su pico el latido de la brisa
sobre mi corazón amotinada.
Vino a mi voz en símbolo clareado
y me dio con el viento el pan insobornable
imbatible
durísimo
del mar con la cuchara de las olas
y el humo del tabaco de mi padre que ha muerto.
Cómo lo conoció mi infancia
definida
en la mejilla aireada del aromo
del abrojo del níspero del pámpano la higuera
y del libro escolar garuado en un baldío.
De pronto salió el pan salió de las arrugas
del labrador con hambre
y de la finca aérea del hornero.
Y yo
salta-alambrados
pierna al aire del aire avispa ronca
y hojaldre de los sueños
"como un ojo que ve claro" pude ver
destellando esplendores
el ojo de la vida
la inocencia del pan
y el encendido soplo de la escarcha
que preanuncia el exilio ante el abismo.
Y diría en fugaces imágenes del vértigo
primavera-gorrión gorrión-verano
y amor hilo de fragua
resplandor
caricia de agua quieta sobre el musgo.
Y mi vocabulario y mi cuaderno
perdido en un galpón
con la locomotora de un tren que nunca olvido.
Y diría también linterna humedecida
armónica herrumbrosa
y mendrugo de pan entre mis vértebras.
De pan-gorrión entonces mi esqueleto
mi barba con espuma mi calvicie
mi fulgurante lengua de pan-gorrión
alígera
y súbita alfarera de mañanas
que ha rodeado mi pecho de júbilo radiante.
Mi pan dije una vez (oh pan reflorecido
del vaho en las colinas)
izó luz infinita pan de gallos
que asea alta la noche los molinos
y el belfo echando azufre de un potro ingobernable.
Y vi cómo del ojo de Éluard amanecía
el ojo que ve claro pan de fuego
y de raudo aletear mi pan de río
mi gorrión-primavera mi semilla
de ese pan rutilante
pan de sol.
Pan de lumbre ganado repartido.
Pan de frente rozando el horizonte.
Pan de hermano de amigo solidario
pan de voz.
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