sábado, 25 de octubre de 2014

Nasrudin

Compañeros ambulantes

Nasrudín regresaba de una visita a su familia política en la comarca cuando se encontró con el exasperante imam.
Reacio a caminar solo, el imam decidió olvidar su desagrado hacia el Mullah y se unió a él en el camino de vuelta a la ciudad. Y no habían andado mucho cuando el camino comenzó a subir en pendiente, y el imam no pudo evitar fustigar a su compañero:
—Alá misericordioso, sin duda has empinado este camino, sólo, para recompensar al Mullah por sus pensamientos irreligiosos.
—Gran imam, dijo jadeante Nasrudín, estás derrochando fuerzas con tus palabras, pues estás mal informado.
—¿Qué sabrá un blasfemo como tú de las obras de Dios?, sermoneó el imam.
—Esta mañana, cuando tomé este camino para mi trayecto de ida, se inclinaba hacia abajo y era fácil andar por él. Es sólo ahora, después de haberte unido a mí, cuando ha aparecido la pendiente hacia arriba.

domingo, 19 de octubre de 2014

Nasrudin

Nasrudín muere

Cierta vez, Nasrudín cayó enfermo y su joven esposa llamó al médico. Haciendo al Mullah un rápido examen, el galeno anunció:
—Amigo mío, no puedo hacer nada por ti. Prepárate para que el Ángel de la Muerte te saque de este mundo.
Con esto, pidió cincuenta monedas de oro como honorarios y dejó la casa.
Pasaron varias semanas y Nasrudín empezó a recuperar su fuerza. Al tiempo, ojeroso y cansado por su reciente enfermedad, caminaba por el bazar cuando se encontró con el médico.
—¡Has vuelto de entre los muertos!, gritó el hombre alarmado. Dime, ¿cómo es aquello?
—El Ángel de la Muerte y sus ayudantes se pasan el tiempo decidiendo quién será el siguiente. contestó un muy cansado Nasrudin.
—¿Cuándo llegará mi hora?, preguntó quedo el aterrorizado médico.
—Es interesante que me lo preguntes, reflexionó el Mullah Nasrudin. Precisamente el otro día estaban diciendo que todos los médicos irían al infierno porque curan a la gente e impiden que los ángeles hagan su trabajo. ¡Pero no te preocupes! Les dije que tú eras incapaz de curar a nadie y, así, no les estorbarías.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Juan Laurentino Ortiz

Fuí al río

Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

Regresaba
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!



El Gualeguay (algunas estrofas)

Qué dulce calor, allá
de la hondonada que dejara, cuándo? el mar,
subió en una nube de paloma?
O venía de él
con el hálito, gris y blando, del mar?
Y qué viento, qué viento, vino al encuentro de la nube
para una hija que cayera, pálida,
o con todo el día en sus cintillos?:
Cómo fue aquella lluvia:
de arpa ciega o de penumbra
o de juncos de vidrios que huían
o plantaba una hada brusca?
Y de qué mes, de cuál, sus cabellos o sus varas?

*

Pero cuando se detenía él?
No era siempre él, también, la propia música naciendo,
muy delante de sí, siempre, en una gama sin fin, como la vida,
o como eso, acaso, que se abría más allá,
o de dónde él venía?
Y no discurría, él, además, en el seno de la melodía sin medida…
él, que improvisaba libremente, o mejor, él
en la línea sin límites de un espíritu de latidos y de ciclos,
hecho todo de “élan”,
en la aventura de los rumbos, inventando siempre pétalos
para una rosa que crecía y crecía
desde la raíz del ritmo...

*

El río era todo el tiempo, todo...
ajustando todas las
direcciones de sus líneas
como la orquesta del edén bajo la varilla del amor...

*

Sí, era también todo el don, todo...
en el oro y en la plata de su seno
con todos los estremecimientos del amanecer y del véspero
y una ternura pálida...
Pero por qué la vida o que se llamaba la vida,
siempre tragándose a sí misma para ser o subsistir,
en la unidad de un monstruo que no parecía tener ojos
sino para los `finales equilibrios´?
Por qué todo, todo para un altar terrible,
o en la terrible jerarquía de una deidad toda de dientes?

*

Debía volver un medio siglo, acaso,
para tocar aquella herida?
Y dónde, la herida, dónde, si él era irreversible?
Pero si él era, al mismo tiempo, otro sentimiento del aire,
y en el aire nada se perdía?

*

Pero, de nuevo, su sensibilidad no podía ser la del cristal:
no era el ‘idilio’, no,
o al menos solo el ‘idilio’, siempre,
eso que doblaba, todavía, su palidez de orilla
al volverse, indecisamente, sobre sí.

*

Sí, eran una sola cosa con los follajes, y las ramas, y las hierbas,
y lo que latía debajo de las hierbas...
Una, con todos los ojos y todas las palpitaciones,
y los deslizamientos y los vuelos...
Uno,aún, a su pesar, con el mismo terror todo de piel
o deshecho de los cielos, o respirando,
o a veces menos que de aire...
Una, con él, el río, como otros hijos, con el cordón todavía
en la misma fuga nómade.
Una, casi, con su edén, en fin,
en su presente de pesadilla:
pero sólo podían, al parecer, sobre la agonía general,
alzar unos arcos y unas boleadoras y una flechas

*

Y el río entonces devenía, así,
un niño,
un niño perdido, perdido, en un destino de llovizna,
con angustias de zinc,
entre unos aparecidos de herrumbre, humillados, humillados,
por los caminos de las ráfagas...
hasta el anochecer todo de hilas y clavado todavía
sobre su ceguedad lívida,
lívida
por el llanto de los perros cimarrones que lo excedía, aún,
hacia no se sabía, no, qué espectros...
Y era él mismo, el que, bajo el más allá de los miedos,
se volvía en la penumbra
que había ahogado, extrañísima, toda la selva y todo el cielo?:
abajo, abajo, en su mirada, la villa de su nombre
con un reflejo pajizo
y tierra seca...
en una brisa de contemplación, íntima, muy íntima,
que no se percibía...
Mayo también, no? enajenándolo aún más
en esos "linos" sólo suyos
y que apenas, muy apenas, era como el recuerdo casi ido
de un pliegue o de una fimbria

Nasrudin

Risas y lágrimas

Nasrudin odiaba el olor de las cebollas, pero a su esposa le gustaban tanto que podía comerlas hasta que las lágrimas le bañaban la cara. Cada vez que incluía cebollas en su guiso, ella y Nasrudín se peleaban. Finalmente sus discusiones se hicieron tan violentas que sus vecinos los llevaron al tribunal por alterar la paz.
Tras escuchar a las dos partes, el juez pidió a la mujer que firmara una declaración en la cual se abstenía de servir cebollas a su marido
o éste tendría derecho a un divorcio instantáneo.
Durante varias semanas las cebollas no volvieron a aparecer en las comidas. Pero, con el marido fuera de casa casi todo el día, la mujer empezó a sucumbir gradualmente a su ansia de cebollas. Cierto día, estaba comiendo con gran apetito un plato de cebollas crudas cuando el Mullah llegó inesperadamente a la casa. Confundida, apenas tuvo tiempo suficiente de esconder el plato antes que Nasrudin entrara en la cocina. Al oler el inconfundible aroma de las cebollas y viendo los ojos llorosos de su mujer, supo lo que había estado comiendo, pero estaba divertido por la situación.
—¿Por qué lloras, querida?, preguntó adoptando un tono comprensivo.
—Lloro de alegría porque estás en casa, contestó la mujer.
Nasrudín estaba tan encantado con el juego que echó a reír.
—¿Por qué te ríes?, preguntó su esposa sorprendida.
—Me río porque pronto seré libre, replicó Nasrudín, pero dentro de un momento estaré gritando también, porque tengo la terrible sensación de haber perdido la declaración que firmaste ante el tribunal.

viernes, 10 de octubre de 2014

Nasrudin

No perder de vista

Nasrudin iba triste al mercado a vender su última oveja. De camino, un amigo le pidió al Mullah que fuera con él a tomar un té. Aceptando inmediatamente la invitación, Nasrudin sentó a la oveja a la mesa y se acomodó justo enfrente de ella.
—Amigo mío, dijo el asombrado anfitrión, te he invitado a un té; no he dicho que pudieras invitar a tu oveja. ¿Pretendes ofenderme?
—Por supuesto que no, replicó el Mullah. Pero un hombre al que sólo le queda una oveja en el mundo no debe perderla de vista.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Nasrudin

Con piel y todo

La esposa de Nasrudín observaba fascinada cómo su marido comía las naranjas, con piel y todo.
—¿No te olvidas de quitar la piel?, le preguntó mientras mordía otro trozo de fruta.
—El frutero es un hombre muy consciente, contestó Nasrudín. Si las naranjas estuvieran destinadas a comerse sin la piel, él se la habría quitado antes de venderlas.

domingo, 5 de octubre de 2014

Nasrudin



Talento heredado

Nasrudin detestaba tanto los recitales del poeta de la ciudad que se disculpaba de cualquier reunión social en la que el hombre estuviera presente. Un día, se encontró frente a frente con el bardo y no tuvo más opción que saludarle.
—¿Y quién es este niño?, preguntó el Mullah señalando al pequeño que estaba junto al poeta.
—Es mi hijo. Le estoy enseñando mi arte. Espero que algún día sea un poeta tan reconocido como su padre.
—Ni siquiera en mis peores pesadillas, dijo Nasrudín, había contado con una segunda generación.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Nasrudin

Justa recompensa

Nasrudin había hecho quedar mal al imam tantas veces delante de todos, que el hombre finalmente alquiló a un grupo de matones para que le dieran una lección y aprendiera a respetarle. Una noche, los rufianes arrinconaron a Nasrudín en un oscuro callejón y estaban a punto de cumplir sus órdenes cuando el Mullah se escurrió por entre ellos y escapó. Corriendo por la ciudad se topó con el imam.
—¿Qué ocurre para que estés sin aliento, Nasrudín? Huyes como si una manada de leones hambrientos te persiguiera de cerca.
—Ya me gustaría que fueran sólo leones, dijo jadeando el Mullah. En realidad, el pueblo entero me persigue, ¡quieren hacerme alcalde!
El imam había soñado con llegar a ser alcalde durante mucho tiempo.
—Si me encontrara en tu lugar, aceptaría el cargo enseguida.
—Coge toda mi ropa y el puesto será tuyo, dijo el Mullah Nasrudín e intercambiando su ropa con él. Mis partidarios llegarán de inmediato; y no digas nada cuando se acerquen a ti; cuando descubran el error, será demasiado tarde.
El farsante ocultó su rostro en la capa de Nasrudín y silenciosamente esperó al tropel. Confundiéndole con el Mullah, el grupo de rufianes le propinó una buena tunda.

martes, 30 de septiembre de 2014

Narudin



Con sólo pedirlo

Nasrudin fue sorprendido trepando al gallinero de su vecino.
—Me asombra que tú, Mullah, un hombre de tu edad, te deslices en mi gallinero como un jovenzuelo ladrón en la noche. Si hubieras venido a verme como un vecino y me hubieras pedido una gallina, te la habría dado.
—Tienes mucha razón. Un hombre tan entrado en años como yo podría resbalarse y torcerse un tobillo, o cortarse los dedos con la cerca... Ciertamente, estaría encantado de aceptar tu amistosa oferta de una gallina.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Nasrudin

Jaliz y el águila

Cierto día, Nasrudín fue invitado a una reunión de jefes religiosos. Los reverendos se complacieron sobremanera haciendo alarde de su conocimiento del Islam. Uno especulaba sobre el color del caballo del Profeta, otro sobre la comida favorita de los ángeles. Un tercero dio una información sumamente prolija de la creación del mundo, y un cuarto una descripción detallada del cielo. Finalmente, Nasrudín no pudo aguantar más la presunción de aquellos hombres.
—¡Jaliz!, tronó, para gran asombro de los jefes espirituales.
—¿Es eso un nombre, Mullah?, preguntó uno.
—¡Por supuesto!, exclamó el Mullah. Me sorprende que lo tengas que preguntar. Ése era el nombre del águila que se abalanzó sobre Moisés, llevándoselo.
—Pero no hay ningún documento que diga que Moisés fue llevado por un águila, clamaron los reunidos.
—Entonces Jaliz es el nombre del águila que se abalanzó sobre Moisés y no se lo llevó, dijo Nasrudín con mirada altanera.