miércoles, 21 de enero de 2015

Nasrudin

Arrogante

Un amigo de Nasrudín heredó algún dinero y se mudó a un palacete en el centro de la ciudad.
—Nunca me saludas por la calle estos días, le achajó Nasrudín cuando se encontraron. ¿Cómo puede ser que te hayas olvidado de tus viejas amistades?
—Muy al contrario, argumentó su amigo, me he acostumbrado tanto a pasear por mi balcón y a mirar hacia abajo con la esperanza de ver a alguien que conozca, que se me ha vuelto un hábito transitar con la cabeza baja. Por eso, no reconozco a los amigos cuando los encuentro en la calle.
Pocos días después, el Mullah, con la mirada hacia el cielo, pasó justo por delante del mismo amigo.
—Oye. ¿Te has vuelto tan arrogante que ya no saludas a un amigo en la calle?, le recriminó el amigo.
—Muy al contrario, le replicó el Mullah Nasrudín. Simplemente, me he acostumbrado tanto a que mis amigos se eleven sobre mí, que ya he empezado a caminar mirando hacia arriba, con la esperanza de poder verlos momentáneamente paseando por sus balcones.

domingo, 18 de enero de 2015

Nasrudín

¡Qué desperdicio!

Nasrudín pasó delante de un puesto colmado de tentadores alimentos. Cantidades de albaricoques y de higos; grandes tarros de pistachos, almendras y piñones; cestos llenos de huevos; cuencos de nata, queso y mantequilla; y multitud de bandejas de diferentes dulces. El Mullah observó como el dependiente esperaba a los clientes y rellenaba los cuencos, cestos y bandejas sin probar bocado de las mesas.
—¿Estás vigilando el puesto para el dueño?, preguntó.
—¿Qué quieres decir?, cuestionó el comerciante. Yo soy el dueño.
—¿Pero cómo es entonces que no comes?
—Estoy aquí para vender, no para comer.
—¡Qué desperdicio!, exclamó el Mullah Nasrudin. Si el puesto fuera mío, empezaría con nueces y frutos secos. Seguiría después con diez huevos revueltos. Y dulces de postre.

viernes, 16 de enero de 2015

Alan Feltus







































































jueves, 15 de enero de 2015

Nasrudin

Vida de ermitaño

Cuando Nasrudín estuvo en el exilio, vivió durante un tiempo como ermitaño. Un día Tamerlán, que se había separado de su partida de caza, descubrió la cabaña desvencijada del Mullah. Inmediatamente Nasrudín le ofreció al gobernante su cena, que consistía en culebra asada y agua sucia. Tamerlán, tan hambriento, aceptó la comida con gratitud. Cuando hubo comido hasta hartarse, se limpió la barba y se dirigió a su anfitrión.
—¿Mullah, cómo puedes justificarte haber caído tan bajo para tener que reemplazar las ricas ropas de cortesano por harapos como éstos, y espléndidos banquetes por culebra y un agua que apenas se puede beber?
—Es simple, contestó Nasrudin, aquí todo lo que miro es mío. No hay opresores como tú y no veo a ninguno de tus servidores, tales como
el verdugo, el torturador y el recaudador de impuestos.

miércoles, 14 de enero de 2015

Nasrudin

Habilidad natural

El bebé de Nasrudín despertaba rutinariamente a sus padres con sus lloros. La tercera noche seguida sin dormir, la esposa del Mullah se volvió a su marido:
—¿No puedes hacer nada?
—He probado todos los trucos que conozco. Temo que el único hombre con destreza suficiente para hacer dormir al niño es el imam.
—Pero ni tan siquiera tiene un hijo. ¿Qué va a saber que no sepamos nosotros?
—No es cuestión de conocimiento, sino de habilidad natural. He visto a toda una congregación comenzar a roncar en el momento en que él abre la boca.

martes, 13 de enero de 2015

Andrey Belle