sábado, 4 de julio de 2009

Nasrudin

El santuario

El padre de Nasrudín era el custodio de un santuario muy célebre que era visitado por una extraordinaria cantidad de fieles. Acudían toda suerte de devotos para rendir culto. Se había hecho muy famoso. A
lo largo de los años, tanto había escuchado Nasrudín hablar sobre las verdades espirituales, que él mismo se propuso viajar y adquirir así un conocimiento directo sobre las mismas. Se despidió de su padre, quien, como regalo de despedida, le obsequió con un burro.
Satisfecho, Nasrudín emprendió su viaje en busca de las realidades supremas. El Mullah viajó incansablemente, siempre contando con la fidelidad de su pollino. Pero cierto día, el burro, que ya no era joven, se desplomó y murió. Su cansado corazón le había fallado. Nasrudín
se sentó al lado de su amado burro muerto y comenzó a gemir por su gran dolor. Los transeúntes, se apiadaban y le hacían compañía por un rato. Algunos empezaron a colocar ramas y hojas sobre el cadáver del burro, que, poco a poco, fue de esta manera ocultado. Otros le echaron piedras y barro sobre las ramas. Así, después de un tiempo, se había formado un santuario sobre el burro muerto. Pero Nasrudín seguía entristecido y día tras día continuaba haciendo compañía al burro. Los peregrinos que pasaban por ese lugar, al ver a un hombre junto a un santuario, pensaron que debía tratarse del sagrario de un gran maestro espiritual, por lo que también muchos de ellos pasaban una temporada junto al mismo. Ofrendaban frutas y dejaban buenas sumas de dinero. La noticia se iba propagando sin cesar, y cada vez más peregrinaban al santuario fieles de las aldeas y pueblos vecinos. Ya, se reafirmaba, que era el santuario de un gran iluminado. Tanto era el dinero que aportaron los fieles que, finalmente, El Mullah hizo construír una enorme mezquita junto al santuario, que era visitada por millares de devotos de todas las latitudes. Asistían, peregrinos, fieles e incluso, maestros espirituales. Nasrudín se convirtió pronto en un hombre rico y célebre. Tanto fue el renombre de su santuario que las noticias llegaron a oídos de su padre, quien decidió visitar a su hijo. Así, que, se reencontraron después de tantísimos años y en ambos se trasuntaba una respetuosa y profunda alegría.
-Hijo mío, dijo el padre de Nasrudín, no sabes hasta qué punto eres famoso. Tu santuario ha cobrado tanta celebridad que se oye hablar de él hasta en los confines del país. Pero, hijo, dime algo que quiero saber desde hace tiempo: ¿Qué gran iluminado yace en el santuario para que atraiga tantos devotos?
—¡Oh, padre!, exclamó el Mullah. Lo que voy a contarte es increíble. Padre, ni siquiera puedes imaginártelo. ¿Recuerdas el burro que me regalaste? Pues aquí está enterrado aquel noble animal.
Entonces el padre de Nasrudín comentó:
—Hijo mío, ¡qué raros son los designios del destino! ¿Sabes una cosa? Ese fue también mi caso. El santuario que yo custodio es también el de un burro que a mí se me murió.

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