sábado, 18 de julio de 2009

Caso fallado

Un día, la esposa de Nasrudin, le reprochaba severamente su pobreza.
—Si eres hombre religioso, tendrás que orar por dinero. Es tu empleo, y deben pagarte, como pagan a los demás.
—Muy bien, lo haré al pie de la letra.
El Mullah salió al jardín y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Oh, mí Dios ! Te he servido en estos años sin provecho económico. Mi esposa insiste ahora que me han de pagar. ¿Puedo, urgentemente, obtener cien monedas de oro de mis salarios atrasados?
Un avaro, que vivía en la casa contigua, estaba en aquel momento contando su dinero, en el tejado. Decidido a tomar el pelo a Nasrudin, le echó a los pies una bolsa que contenía exactamente cien denarios de oro.
—Gracias, dijo el Mullah, y entró corriendo a su casa.
Enseñó las monedas a su mujer, que quedó muy impresionada.
—Oh, perdóname, Nunca he creído en serio que fueras un santo, pero ahora veo que lo eres.
Durante los días que siguieron, el vecino vio que entraban en casa del Mullah toda clase de cosas lujosas.
Empezó a inquietarse, y al final se presentó en casa de Nasrudin.
—Sabrás, amigo, que soy santo, le saludo el Mullah, ¿Qué quieres?
—Quiero mi dinero. Fui yo quién te echó aquella bolsa de monedas de oro, no Dios.
—Oye, tú puedes haber sido el instrumento, pero el oro no vino como resultado de que yo te lo pidiera a ti.
El avaro estaba fuera de sí.
—Iremos inmediatamente al magistrado y se hará justicia.
Cuando salieron a la calle, Nasrudin dijo al avaro:
—Si aparezco contigo ante el magistrado, vestido con harapos, la disparidad de nuestro aspecto puede predisponer al tribunal en tu favor .
—Muy bien, rugió el avaro, ponte mi túnica y yo vestiré la tuya.
Habían recorrido unos pocos metros cuando Nasrudin dijo:
-Tú vas montado y yo voy a pie. Si aparezco así ante el magistrado, sabes que ha de fallar a favor tuyo.
—¡Yo sé quien va a ganar este caso, sea cual sea su aspecto! Puedes montar mi caballo.
Nasrudin montó el caballo y su vecino le siguio a pie. Cuando les toco el turno, el avaro le explicó lo ocurrido al juez.
—¿Y qué contestas tú a esta acusación?, preguntó el juez al Mullah.
—Señoría, este hombre es un avaro y además, sufre alucinaciones. Se imagina que él, me dio el dinero. En realidad, vino de una fuente más elevada. Pero este hombre se imaginó que me lo daba él.
—¿Cómo puedes probarlo?
—No hay nada más sencillo. Sus obsesiones toman la forma de creer que le pertenecen cosas que no son suyas. Mire, pregúntele de quién es esta túnica.
Nasrudin hizo una pausa y señalo la túnica que llevaba puesta.
—¡Es mía!, gritó el avaro.
—Ahora, continuó Nasrudin, pregúntele de quién es el caballo que yo montaba al llegar al tribunal.
—¡Ibas montado en mi caballo!, exclamó el demandante.
—Caso fallado, dijo el juez.

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