miércoles, 15 de julio de 2009

El emisario

Debido a una serie de malentendidos y coincidencias, Nasrudín se encontró un día en el salón de audiencias del Emperador de Persia.
El Shahinshah estaba rodeado de nobles, gobernadores de provincia
y cortesanos, todos ellos logreros, y de maquinadores de todo tipo. Cada uno de éstos presionaba para concretar su pretensión de ser nombrado jefe de la embajada que muy pronto saldría para la India.
La paciencia del Emperador ya se agotaba; al levantar su cabeza por sobre la insistente masa, invocando, mentalmente, la ayuda de los Cielos para resolver el problema y ver a quién elegía, sus ojos dieron con el Mullah.
—Este ha de ser el embajador, anunció, por lo tanto, dejadme ahora en paz.

La intriga

Se le entregaron a Nasrudín lujosas ropas y se le confió un enorme cofre con rubíes, diamantes, esmeraldas e inapreciables obras de arte, que constituía el regalo del Shahinshah al Gran Mogol.
Los cortesanos, sin embargo, no se dieron por vencidos. Unidos esta vez por la afrenta hecha a sus pretensiones, decidieron urdir la caída del Mullah. Primero penetraron en sus habitaciones y le robaron las joyas, que repartieron entre ellos, poniendo tierra dentro del cofre hasta igualar el peso. Después fueron a ver a Nasrudín, decididos a desbaratar su misión, ponerlo en dificultades y, al mismo tiempo, desacreditar también a su amo.
—Felicitaciones, gran Nasrudín, le dijeron. Lo que ha ordenado la Fuente de la Sabiduría, el Pavo Real del Mundo, debe ser la esencia de toda sabiduría; por eso nosotros te aclamamos. Pero hay un par de puntos sobre los que quizá podamos aconsejarte, dado que estamos acostumbrados al comportamiento de los emisarios diplomáticos.
—Me sentiría agradecido si ustedes me hablaran de ellos, respondió el Mullah.
—Muy bien, dijo el jefe de los intrigantes. En primer lugar, debes ser humilde. Por lo tanto, para demostrar cuan modesto eres, no debes manifestar señal alguna de importancia. Cuando llegues a la India entrarás en cuantas mezquitas puedas y harás colectas para ti. En segundo lugar, debes observar la etiqueta que impera en la corte del país ante el cual estás acreditado. Esto significa que deberás llamar al Gran Mogol, 'la Luna Llena'.
—Pero, ¿no es ése el título del Emperador persa?, preguntó el Mullah.
—No en la India, le contestaron.
Cuando Nasrudín partió, el Emperador persa le dijo al despedirse:
—Ten cuidado, Nasrudín. Observa la etiqueta, pues el Mogol es un emperador poderoso y debemos impresionarlo sin afrentarlo de ningún modo.
—Estoy bien preparado, Majestad, contestó Nasrudín.

Las mezquitas

En cuanto pisó territorio indio, entró en una mezquita, se encaramó al púlpito y exclamó:
—¡Señores! ¡Vean en mí al representante de la Sombra de Alá sobre la Tierra! ¡El Eje del Mundo! ¡Saquen su dinero, pues estoy haciendo una colecta!
Esto lo repitió en toda mezquita que encontró en el camino, que va desde el Beluchistán hasta la Delhi imperial.
Recolectó una gran cantidad de dinero.
—Haz con él, le habían dicho los consejeros, lo que quieras, pues es el producto del crecimiento intuitivo y la gracia. Y como tal, su uso creará su propia demanda.
Lo que pretendían era, que el Mullah se expusiera al ridículo, por recolectar dinero en esta forma vergonzosa.
—El santo debe vivir de su santidad, gritaba Nasrudín, de mezquita en mezquita: No doy cuenta alguna, ni la espero.
Para ustedes, el dinero es algo que puede atesorarse después de obtenido, y que puede cambiarse por cosas materiales. Para mí, es una parte de un mecanismo. Soy el representante de una fuerza natural de crecimiento intuitivo, dádivas y desembolso.
Ahora bien, como todos sabemos, lo bueno es a menudo consecuencia del mal aparente y a la inversa. Aquellos que pensaron que Nasrudín estaba llenándose los bolsillos, no contribuyeron. Por alguna razón, sus asuntos no prosperaron. Mas, aquellos a quienes se consideró crédulos y que dieron su dinero, se enriquecieron misteriosamente. Pero volvamos a nuestra historia.

Antes de la llegada

Sentado en el Trono del Pavo Real, el Emperador de Delhi estudiaba los informes que los correos le traían diariamente, donde constaban los progresos del embajador persa. Al principio no pudo sacar ninguna conclusión. Entonces reunió a su Consejo.
—Caballeros, les dijo, este Nasrudín verdaderamente debe ser un santo o alguien inspirado por la divinidad. Nunca se ha oído que alguien haya violado el principio de que no se debe pedir dinero sin razón válida, por temor a que se lo interprete mal.
—Que jamás mengüe vuestra sombra, contestaron éstos, oh Extensión Infinita de Toda Sabiduría: estamos de acuerdo. Si existen en Persia hombres como éste, debemos cuidarnos, pues su ascendiente moral sobre nuestra actitud materialista es nítido.
Después llegó un correo de Persia trayendo una carta secreta, en la cual los espías del Mogol que se hallaban en la corte imperial informaban: 'Mullah Nasrudín no es un hombre importante en Persia. Fue elegido embajador sin otra ley que la del azar. No podemos comprender por qué razón el Shahinshah no fue más cuidadoso'.
El Mogol reunió a su Consejo y les dijo:
—Incomparables Aves del Paraíso, un pensamiento ha acudido a mi mente. El Emperador persa ha elegido un hombre al azar para representar a toda una nación. Esto puede querer decir que está tan confiado en la calidad abarcativa de sus habitantes que, para él, ¡absolutamente cualquiera está en condiciones de cumplir la delicada misión de embajador ante la sublime corte de Delhi! Esto indicaría el grado de perfección alcanzado y los asombrosamente infalibles poderes intuitivos cultivados entre ellos. Debemos reconsiderar nuestro deseo de invadir Persia, pues gente tal podría con facilidad derrotar a nuestras fuerzas. Su sociedad está organizada sobre bases distintas a las nuestras.

En la corte

Finalmente, Nasrudín llegó a Delhi. Iba montado en su viejo burro. Lo seguía su escolta, sobrecargada por los sacos de dinero que el Mullah había recolectado en las mezquitas. El cofre que contenía el tesoro lo llevaba un elefante; tal era su tamaño y peso.
Nasrudín fue recibido por el maestro de ceremonias a las puertas de la ciudad. El Emperador estaba sentado con sus nobles en un gran patio, el Salón de Recepción de los Embajadores. Este salón había sido construido de tal forma que la entrada era baja y, en consecuencia, los embajadores se veían obligados a desmontar de sus cabalgaduras y llegar a pie a la Suprema Presencia, dando así la impresión de suplicantes. Sólo un igual podía llegarse cabalgando hasta el Emperador.
Nunca antes un embajador había llegado montado en un burro; por lo tanto, nada impidió que Nasrudín pasara trotando el umbral de la puerta, hasta el Dosel Imperial. Ante este acto el Rey indio y sus cortesanos intercambiaron significativas miradas.
Jovialmente, Nasrudín desmontó. Se dirigió al Soberano llamándolo 'Luna Llena' y pidió que le fuera traído el cofre de los tesoros.
Cuando lo abrieron, y la tierra quedó al descubierto, hubo un momento de consternación,
—Será mejor que no diga nada, pensó Nasrudín, pues nada puedo decir para atenuar esto. De modo que permaneció callado.
El Mogol le murmuró a su Visir:
—¿Qué significa esto? ¿Es un insulto a la Suprema Eminencia?
Incapaz de creerlo así, el Visir se concentró intensamente y proporcionó la siguiente interpretación:
—Es un acto simbólico, Alteza, murmuró, El embajador quiere manifestar que lo reconoce a usted como el Amo de la Tierra. ¿Acaso no lo llamó Luna Llena?
El Mogol se relajó y dijo:
—Estamos contentos con la ofrenda del Shahinshah persa, pues nosotros no tenemos necesidad de riquezas y agradecemos la sutileza metafísica del mensaje.
—También se me ha encargado que le manifieste que esto es todo cuanto tenemos para Su Majestad, dijo Nasrudín, recordando la frase clave que los intrigantes de Persia le sugirieron que dijera al ofrecer el regalo.
—Esto significa que Persia no nos cederá una onza más de su territorio, le murmuró al Rey el Intérprete de Presagios.
—Decidle a vuestro amo que entendemos, dijo sonriendo el Mogol. Pero hay otro punto que aclarar: si yo soy la Luna Llena, ¿qué es, entonces, el Emperador persa?
—El es la Luna Nueva, contestó el Mullah automáticamente.
—La Luna Llena es más madura y da más luz que la Luna Nueva, que es menor que ella, le susurró al Mogol el Astrólogo de la Corte.
—Estamos contentos, dijo deleitado el soberano.
Podéis regresar a vuestro país y decirle a la Luna Nueva que la Luna Llena lo saluda.
Los espías persas en la corte de Delhi enviaron inmediatamente el relato completo de esta entrevista al Shahinshah, añadiendo que se sabía que el Emperador Mogol había quedado impresionado por la actividad desplegada por Nasrudín y que, por tal causa, temía planear la guerra contra los persas.

De vuelta a casa

Cuando el Mullah regresó a su tierra, el Shahinshah lo recibió con la corte en pleno.
—Estoy más que satisfecho, amigo Nasrudín, le dijo, por los resultados de tus métodos no ortodoxos. Nuestro país se ha salvado y esto significa que no se te pedirá que rindas cuentas por las joyas o lo recogido en las mezquitas. De hoy en adelante se te conocerá por el título especial de Safir.
—Pero, Majestad, protestó el Visir, ¡este hombre es culpable por lo menos de alta traición! ¡Tenemos pruebas indiscutibles de que aplicó uno de vuestros títulos al Emperador de la India, faltando así a su lealtad y desacreditando uno de vuestros magníficos atributos!
—Es verdad, tronó el Shahinshah, los sabios han dicho que para cada perfección existe una imperfección. Nasrudín: ¿por qué me llamaste a mí la Luna Nueva?
—No conozco de protocolo, dijo Nasrudín, pero sí puedo decir que la luna llena no tarda en desaparecer mientras que la luna nueva crece y tiene sus más grandes glorias por delante.
La actitud del Emperador cambió:
—¡Prendan a Anwar, el Gran Visir!, rugió. ¡Mullah, yo te ofrezco el cargo de Gran Visir!
¡Cómo!, dijo Nasrudín. Podría acaso yo aceptarlo después de ver con mis propios ojos lo que le ha sucedido a mi predecesor?

¿Y qué ocurrió con las joyas y los tesoros que los malvados cortesanos habían robado del cofre?
Esa es otra historia. Como dijera el incomparable Nasrudín: "Sólo los niños y los tontos buscan causa y efecto en el mismo cuento".

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