sábado, 29 de agosto de 2009

La herencia

Había dejado tres hijos huérfanos, varones. Les había encargado
que se repartieran la herencia, que consistía en diecisiete camellos.
Se establecía las condiciones del reparto: la mitad de los camellos serían para su hijo mayor Tarif; la tercera parte, para el mediano Barag; la novena parte para el más pequeño Muley.
Pronto se les presentó un problema a los hijos porque, al empezar la división de la herencia, se dieron cuenta que la mitad de diecisiete camellos eran ocho animales y medio.
Después de mucho pensar decidieron consultar a Nasrudín, famoso por su elocuencia y sabiduría, que tras meditar un rato les dijo:
—Tomad mi camella Abbú, que es la mejor de mi rebaño. Os la doy a condición de que una vez hecho el reparto me la devolváis.
Pero... ¡Ojo! Que si aquél a quien le tocara en el reparto se negara
a ello, entonces los diecisiete camellos pasarán a mi propiedad.
Sabiendo Tarif y Barag que, por elegir ellos primero, no tenían más que dejar en el último lote a la camella prestada, con lo cual sería el hermano pequeño quien tendría que devolverla. Aceptaron el trato.
Con dieciocho animales los hermanos procedieron de nuevo a iniciar
la división. Tomó Tarif, el mayor, su mitad, es decir nueve camellos, dejando el resto en la corrala, y entre los que dejó, a la camella Abbú. Fue Barag después y tomó su tercera parte del total, es decir sus seis camellos, y dejó así mismo el resto, y entre ellos la camella prestada, en la corrala. Fue entonces el pequeño Muley y retiró su novena parte del total, es decir los dos camellos que le correspondían.
Comprobaron entonces los tres hermanos con asombro, que habiendo tomado todos ellos los camellos que les correspondían, les sobraba un animal en el corral, que no era otro que la camella Abbú, la cual, tal y como habían acordado devolvieron a Nasrudín.
Y los tres hermanos marcharon muy contentos y cantando excelsas alabanzas de la sabiduría del Mullah.

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