lunes, 19 de octubre de 2009

¡Salta, Nasrudin, salta!

La casa del Mullah estaba ardiendo, de manera que subió corriendo al tejado para ponerse a salvo.
Y allí estaba, en tan difícil situación, cuando sus amigos se reunieron en la calle extendiendo con sus manos una gran manta y gritándole:
—¡Salta, Nasrudin, salta!
—¡Ni hablar! ¡No pienso hacerlo!, dijo el Mullah. Os conozco de sobra y sé que, si salto, retiraréis la manta y me dejaréis en ridículo!
—¡No seas tonto, qué te pasa Nasrudin! ¡Esto no es ninguna broma!
¡Va en serio: salta!
—¡No!, replicó el Mullah, ¡no confío en ninguno de vosotros! ¡Dejad la manta en el suelo y saltaré!

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