viernes, 24 de julio de 2009

Nasrudin

El espejo del barbero

Un día, Timur, que no solamente era cojo y tenía un pie de hierro, sino también era tuerto y extremadamente feo, charlaba de unas y otras cosas con el Mullah.
En ese momento, entró el barbero de Timur, que después de afeitarle la cabeza, le presentó un espejo para que se mirase: Timur se echó a llorar.
Ya, siguiendo su ejemplo, el Mullah también rompió en llanto, y lanzó suspiros tras gemidos. Así es que ya había acabado de llorar Timur y el Mullah seguía sollozando y lamentándose.
—¿Qué te pasa? Si yo he llorado fue porque me miré en ese espejo del barbero de tan mal augurio y me encontré verdaderamente feo. Pero, ¿por qué motivo viertes tú tantas lágrimas y continúas gimiendo tan lamentablemente?, le dijo Timur, entre asombrado y molesto.
—Dicho sea con el mayor de los respetos. ¡Oh soberano nuestro!, he de hacerte observar que ha bastado que solamente te mires un breve instante, en ese espejo, para llorar dos horas seguidas. ¿Qué tiene, entonces, de sorprendente que tu esclavo, que te está mirando todo el día, llore más tiempo que tú?, contestó el Mullah.
Al escuchar estas palabras, en vez de enfadarse, Tamerlán se echó a reír a carcajadas.

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