martes, 1 de septiembre de 2009

La sed

Un día, cuatro cazadores entraron a caballo en la aldea de Nasrudín.
Llamando a la puerta del Mullah, pidieron agua.
De acuerdo con las leyes de la hospitalidad, Nasrudín les invitó a que entraran y pidió a su esposa que trajera no sólo agua, sino también un plato de estofado y arroz.
Cuando los huéspedes habían comido hasta hartarse y se preparaban a partir, su anfitrión colocó un frasco en la mano de cada hombre.
—Llevad este otro refresco con vosotros e id en paz.
Tres de los jinetes le dieron las gracias calurosamente por el agua, pero el cuarto pidió otro frasco.
—¡Oh, Rey del mundo!, dijo con voz quejumbrosa Nasrudin, ¡No tenía
la menor idea de que fueses tú!
—Es porque voy disfrazado, contestó el sorprendido gobernante.
—Pero dime, ¿cómo es que me has reconocido?
—Tu sed por el agua es tan grande como tu sed de poder, replicó el Mullah.

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