lunes, 12 de abril de 2010

Nasrudin

El arte de la gestión del tiempo

Pidieron al Nasrudin, que diera una charla sobre la gestión del tiempo, y la forma de encajar la práctica espiritual en un horario de vida muy ocupada.
—Queridos amigos, habló Nasrudín, en lugar de dar un sermón les voy
a demostrar el arte de la gestión del tiempo, así que vamos a realizar un experimento. Se inclina debajo de la mesa, levantando un frasco de vidrio de un galón, de boca ancha, y lo coloca frente a él. Después toma cerca de una docena de piedras, del tamaño de un puño, y con cuidado las pone, una a la vez en el frasco. Como de costumbre, la gente comenzó a murmurar. Se interrogaban por qué, esos intentos tan extraños. Solamente pretendían de Nasrudin una charla, tal como los gurús espirituales normales y maestros acostumbraban. Cuando el frasco ya estaba lleno hasta el borde, y más piedras no cabían dentro, Nasrudin pregunta a la audiencia:
—Díganme, ¿está la jarra llena?
La multitud al unísono dijo:
—Sí, el frasco está lleno.
—¿En serio? gruñó Nasrudin. Metió ambas manos debajo de la mesa y sacó un cubo de grava pequeñas que fue echando en la jarra a la vez que sacudía el frasco, tratando que los pedazos de grava continuaran llenando los espacios entre las piedras grandes, hasta llegar al borde.
El Mullah, a continuación, pregunta a la audiencia.
—Díganme, ¿está ahora el frasco lleno?
Por entonces la clase se contraía ya, sospechando de sus intenciones, por lo que una persona de la audiencia respondió con cautela.
—Probablemente no.
—Bueno, respondió Nasrudín.
De inmediato, se inclina debajo de la mesa sacando un cubo de arena.
Comenzó vertiendo cuidadosamente la arena en el frasco hasta que la arena llenó los espacios entre las piedras y la grava.
Una vez más hizo la pregunta:
—¿Está lleno, ahora?
—¡No!, gritó la multitud al unísono.
—¡Excelente!, muy bien, exclamó el Mullah, llenando de elogios a su inteligente público.
Luego, tomó una jarra con agua que la comenzó a verter en el frasco, relleno de piedras, grava y arena, hasta quedar lleno hasta el borde, absolutamente todo.
Luego miró a la audiencia y le pregunta:
—Ahora, qué, ¿cuál es el punto de ésta ilustración, ¿qué han deducido de este experimento?
Un entusiasta ávido levantó la mano y dijo:
—El punto, es que todas las cosas, aunque se parecen por completo, son inherentemente vacías de sí misma.
—¡No!, gruñó Nasrudin. Ésta es una historia del Mullah Nasrudin y no una historia zen! ¿Alguien más quiere probar?
Otro entusiasta levantó la mano y sugirió:
—Yo pienso, que la inferencia es, que no importa lo tan ocupado que su horario está, si se esfuerzan mucho y usan su inteligencia, siempre
se puede incorporar algunas tareas más en su horario y aprovechar al máximo su tiempo.
—No, respondió el Nasrudin. Ese tampoco es el punto. La gran verdad que nos enseña este experimento es, que si no ordenamos nuestros valores, y atendemos a las cosas de mayor valor en la vida en primer lugar, nunca seremos capaces de completarnos.

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