miércoles, 9 de noviembre de 2011

Nasrudin.


El faisán

Nasrudín llegó a ser juez. Al imán le provocó un profundo resquemor, pues había codiciado el puesto durante mucho tiempo. Tratando de socavar la autoridad del nuevo juez, difundió por la ciudad todo tipo de rumores maliciosos. Nasrudín era conocedor de todas las mentiras que circulaban, pero decidió no decir nada. Un día, un amigo de buen pasar le obsequió al Mullah tres faisanes. Distendidos, charlaron un rato mientras tomaban un té y luego que el gentil hombre se retirara Nasrudín eligió una de las tres aves, la puso en el puchero y escondió otra debajo de la cocina. Solicitó a su esposa, detalladamente, que preparara una comida suntuosa, con agregados especiales. Luego de acicalarse asió el tercer faisán y salió de buen talante con la intención de visitar al inefable imán.
—Qué amable de tu parte venir a visitarme, dijo el imán cuando llegó el Mullah y ofreció cortésmente té al juez.
—Vengo a pedirte consejo de un caso muy intrincado, dijo Nasrudin, mientras bebía a sorbos la deliciosa infusión.
El imán, deseoso de demostrar ser más sabio que el juez, consintió.
—Pero, tal vez podríamos discutir el asunto más luego, si aceptas mi invitación a cenar en casa, propuso Nasrudín.
—¡Nada me daría mayor placer!, contestó el imán.
Entonces, Nasrudín sacó el faisán de su manto y le dijo plácidamente:
—Ve a casa y dile a mi mujer que el imán será nuestro invitado esta noche. Pídele que ponga la mesa y haga un estofado de faisán. Dile que queremos también sandía y ensalada fresca. Tú puedes preparar las verduras y comerte las pieles. Luego liberó al pájaro, que huyó para desaparecer en el bosque.
El imán por un momento se quedó sin habla, pero luego protestó:
—Si esperas que me crea que ese pájaro hará todo eso, ¡entonces debes de tomarme por un completo imbécil!
—A decir verdad, todavía no he sacado ninguna conclusión, contestó Nasrudín, pero si el faisán no cumple mis órdenes, prometo dimitir como juez.
Dos horas más tarde, dejaron de jugar al backgammon y salieron. Al llegar a la casa del juez, el invitado no salía de su asombro. Hirviendo en la cocina había un puchero con estofado de faisán, mientras en la mesa hermosamente dispuesta había ensalada y pulao y, entre hielo, una sandía.
—¿Dónde está tu mensajero?, preguntó el imán, trémulo.
—Probablemente escondido bajo la cocina, comiendo peladuras de zanahoria, contestó Nasrudín acercándose y cogiendo el ave.
El imán, aún conmovido, estaba decidido a comprar el pájaro de su anfitrión.
—Te daré cincuenta monedas de oro por tu emplumado sirviente, ofreció sin hesitar.
—No podría separarme de él, contestó el Mullah. Lo quiero tanto
como a mi propio hijo.
—Cien monedas de oro, insistió el imán, imaginando la envidia que sentirían sus enemigos si él tuviera un pájaro así como sirviente.
—Está bien, como anfitrión, no puedo negarme, replicó Nasrudín cogiendo el dinero y metiendo al faisán en un saco.
Al avaricioso imán le faltaron piernas para llegar mas presuroso a destino para alardear de su valiosa adquisición. LLegó exhausto a la casa de su cuñado, donde pidió que se reuniera toda la familia. Con ostentación, sacó el ave y le habló:
—Ve a mi casa y dile a mi mujer que nuestros parientes irán a cenar más tarde. Dile que tenga preparado pulao, albóndigas, verduras, frutas y sorbete de limón. A continuación, liberó orgullosamente al mensajero.
Cuando el imán y su familia llegaron a la casa, la encontraron vacía. La cocina estaba apagada, no había señal de comida y no se veía en ninguna parte a su esposa ni al faisán. Muy ofendidos, los invitados se marcharon. El imán salió furibundo a reprocharle a Nasrudín.
—¡Cómo te atreves a engañarme! ¡Devuélveme inmediatamente el dinero!
—En primer lugar, nunca te pedí que compraras el ave, te la vendí por tu insistencia. En segundo lugar, tus órdenes al pájaro pueden haber sido engañosas. ¿Puedo saber qué le dijiste?.
Cuando el imán recordaba las instrucciones que había dado al pájaro, Nasrudín sonrió.
—Ya sé lo que ha sucedido, dijo despreocupadamente. Enviaste al mensajero, pero no le dijiste donde vives. Probablemente, aún siga buscando confundido por todo el país mientras nosotros hablamos.
¿Y piensas que tienes la inteligencia necesaria para ser juez?

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