viernes, 30 de marzo de 2012

Nasrudin


Apuestas selectas

Cierto día, con la alacena ya vacía, el Mullah Nasrudin fue a pedir un préstamo al rey, pero el monarca estaba de pésimo humor e hizo que sus guardias lo echaran a la calle. Contrito, al día siguiente, lamentó su comportamiento. Pidió su semental y fue a la casa de Nasrudin, que era el favorito de la corte.
Cuando se acercaba a su vivienda, se sorprendió al oír el regocijo de una comilona. Volvió presuroso al palacio, temiendo que hubieran desaparecido fondos de las arcas reales. Todo estaba en orden y ya calmo llamó al Mullah para que explicara su ayer menesteroso y su hoy riqueza.
—Ayer viniste a mí, turbante en mano, quejándote de que tu familia estaba hambrienta. ¿Dime, cómo es que hoy tienes dinero para dar un banquete?
—He hecho algunas apuestas selectas, Majestad, contestó Nasrudín.
El rey le pidió que se explicara.
—Si lo deseáis, Majestad, también vos podéis uniros a la apuesta. Estoy dispuesto a apostar cien monedas de oro a que, mañana por la mañana, os habrá crecido una cola tupida, dijo como al pasar y sin dar ninguna otra explicación.
Sin duda el Mullah había perdido el juicio, pensó el rey, y aceptó de buena gana la apuesta, pero pasó toda la noche inquieto, temeroso que mediante alguna brujería le pudiera crecer una cola. Llegada la mañana, gozoso, salió a recoger su oro.
—¡Nasrudín!, llamó con entusiasmo. Has perdido, no cabía otra cosa, dame mi dinero.
—Primero lo primero; debemos comprobar que no tienes cola, advirtió el Mullah, mientras se dirigían a la sala de visitas.
Riéndose entre dientes, el rey, se quitó los pantalones. No había cola; Nasrudín le entregó una bolsa de oro y el rey complacido, se despidió y retornó al palacio.
Al rato, un mensajero, vistiendo un espléndido uniforme y montando un formidable caballo llegó al palacio con una invitación del Mullah al rey. Celebraba otro banquete y solicitaba humildemente el honor de disfrutar de la compañía de su majestad. Intrigado, el rey aceptó y llegó a la casa del Mullah a la hora fijada. Una vez en la casa, susurró a su anfitrión:
—Debo preguntarte algo. Ayer, celebraste una fiesta; esta mañana me has dado cien monedas de oro. ¿De dónde viene todo este dinero?
—Majestad, contestó Nasrudín, como os dije, apuestas selectas. Aposté con diez de los hombres más ricos de la ciudad que sería capaz de conseguir que el rey se bajara los pantalones delante mío. Esta mañana, vos lo hicisteis así. Pues esos diez hombres estaban mirando detrás de la ventana. A cien monedas de oro cada uno, he conseguido mil monedas de oro. ¡Más que suficiente, Alteza, para pagaros a vos la apuesta que perdí y celebrarlo con gran lujo y placer!

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